Vuelven los asesinos, con los cuchillos ensangrentados a llorar sobre el cadáver. Sí, desesperan por revivirlo, se arrancan los pelos, sus ojos se desorbitan. Ahora que han visto de frente el rostro del infortunio se alteran, estúpidos prenden sus linternas en pleno mediodía, miran a la gente a su alrededor, miran a los locos (hasta ahora invisibles) detenidamente, con cierta envidia. Hace mucho no construyen en grande, no piensan en grande, no viven en grande, y es que todo gran monumento les parece obsceno.
Finalmente se percataron de la muerte de la estrella, van a ella pero no está, murió, ellos la mataron, la mataron con tiempo; existieron demasiado. Pueden viajar por el espacio infinito, lo describen a la perfección, pero su sol se apagó, están ciegos y no tienen adonde volver.
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