Renuncié.
No porque dejara de quererte,
sino porque entendí que querer no siempre alcanza
para que dos personas se encuentren en el mismo lugar.
Renuncié a la idea de nosotros,
a ese futuro que inventé sin pedirte permiso,
a las conversaciones que nunca tuvimos,
a los domingos que jamás compartimos,
a la posibilidad absurda y hermosa
de que algún día tus manos buscaran las mías
sin que yo tuviera que preguntarme si querías quedarte.
Renuncié a todas las posibilidades.
A ese pequeño “tal vez”
que durante tanto tiempo mantuve vivo dentro de mí.
A la esperanza de que un día
nuestros corazones dejaran de caminar en direcciones distintas
y, por fin, se reconocieran.
Pero entendí que no puedo seguir esperando
a que alguien me quiera de la manera en que yo lo quiero.
No puedo convertir cada silencio tuyo en una esperanza,
cada gesto en una promesa,
cada instante contigo en una razón para quedarme.
Así que me voy.
No porque hayas sido poco,
sino porque yo quería absolutamente todo.
Quería quedarme.
Quería que te quedaras.
Quería tus días, tus noches, tus dudas,
tus silencios y hasta aquello que nunca me mostraste.
Quería que algún día dejaras de ser una posibilidad
y te convirtieras en mi certeza.
Y quizá eso sea lo más triste:
que renunciar a ti
no significa que nunca te quise.
Significa que te quise lo suficiente
como para aceptar que no ibas a ser mío.
Y tuve que soltar
a alguien que nunca tuve,
pero que dentro de mí
ya había ocupado un lugar para toda una vida.
Qué cruel es eso.
Porque yo no quería una historia contigo.
Yo quería absolutamente todo.
Y aun así...
Dios, cuánto me habría gustado
que fueras tú.
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