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    Relato de una noche de guardia

    Alan

    May 21, 2024

    Relato de una noche de guardia
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    Un estrépito interrumpió mi siesta: un caballo había volteado el carro que impulsaba, lleno de cartón y chatarra, por intentar morder a la carrera una brizna de hierva que se asomaba en medio del asfalto, y su dueño lo azotaba con un cable y lo insultaba, mientras los transeúntes y yo observábamos sin intervenir.

    Antes de salir de la habitación, dejé este poema en la mesita de luz:

    el campo vibra

    hierve bajo las calles

    quiere resurgir

    El cinto aguardaba, enroscado, bajo el borde de la cama, presto a clavar su colmillo de metal en mi carne, pero esta vez decidí dejarlo; guardé la camisa algo arrugada en la mochila y refregué las suelas de los zapatos en el felpudo para no ensuciar el mundo. Afuera, la brisa era fría y ligera como un bisturí, me obligaba a mantenerme cabizbajo. A mi paso iban descendiendo las cortinas mecánicas de los negocios y el chirrido que producían se asemejaba al de los cerdos cuando los degüellan; la oscuridad se derramaba por todas partes y apuré la marcha.

    Me detuve, algo agitado, a descansar en un banco de la plaza principal y aproveché a escribir lo siguiente:

    el frío crece

    abrigan maniquíes

    los pobres tiemblan

    barrendero ido

    el viento arremolina

    las hojas secas

    Mi espíritu salvaje, mi espíritu libre, me abandona siempre al oír el bullicio de las aves que se amontonan en los árboles de la avenida; huérfano indefenso, avanzo como atraído por una fuerza magnética. Soy un operador, un número de legajo.

    Tras cruzar el último tramo del recorrido, me demoré en la entrada del nosocomio y plasmé estos tres versos:

    una farola

    se enciende cuando paso

    ¡uff!, ¡estoy vivo!

    Poema escrito en un recetario médico:

    luna de valium

    pacientes impacientes

    noche de guardia

    Los impacientes llevan un Yo colgando del cuello, un Yo dorado, cubierto de piedritas brillantes, tan pesado que deben alzarlo; esquivan el turnero y a quienes tienen delante, e interrumpen exigiendo prioridad, porque pagan una fortuna mensualmente. Y al final se retiran, encorvados, cargando el Yo sobre la espalda, ya curados de sus males.

    Algunos, más discretos, traen la palabra Perdón como llavero inútil, sin destapador, llavero como recuerdo de un lugar que nunca visitaron, obsequio de un amigo o familiar; sacan un número, y cuando creen que ya esperaron suficiente, ¡tack!, la clavan en el mostrador. “Perdón, Perdón”, como la bocina de un tren que te arrollará de todas maneras.

    Ya cerca de las 03:00, me arrimé a la ventana que da al patio interno y escribí buscando distraerme.

    los caracoles

    escalan las paredes

    buscan la luna

    en las cornisas

    se posan las palomas

    almas en pena

    Hacia el final de la guardia, recibo un llamado de la enfermera de terapia intensiva, quien me comunica que había fallecido “cama seis” y minutos después, ingresa una adolescente dando gritos desgarradoras, con una criatura en su vientre, desesperada por nacer.

    (05:00 a.m.) Si no vuelvo a casa, estará equivocado quien opine que “mi vida fue breve” o que “mi muerte fue prematura”, porque una vida puede durar cien años, como así, también, solo segundos. Si llego a cumplir muchos años más, será solo por miedo a la muerte y no porque haya amado la vida.

    Alan

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