Nací en la herrumbre del instante sin madre, en la boca del caos que no sabe de amor, sujeto a un destino podrido de fango que germina en el hueso sin invocar flor.
Yo fui tallado por manos de un Dios moribundo, sin nombre ni fe, sin altar ni oráculo,
creado a partir de un bostezo del cosmos, un designio frustrado, un temblor sin razón.
¿Quién soy yo, sino polvo que ansía su polvo?
¿Quién puede salvarme de mi propia caída? Si la muerte ya espera, sedienta y paciente, no hay piedad que me libre de su oscura misión.
Todo late hacia el polvo, sin arte ni magia, la pasión se disuelve cual vino en el barro, el amor es un mito de lenguas cansadas, una historia que miente para aplacar el pavor.
Veo en mí mismo la semilla del nunca, un prematuro de luz en la entraña del tiempo,
y en mis huesos resuenan sermones marchitos de padres sin credo, profetas sin sol.
Bajo mis pies, un abismo que aúlla sin tregua me llama con voz de relámpago roto,
un coro de muertos que olvidan su nombre resuena en la mente, doliente tambor.
Soy brizna sin dueño, naufragio sin puerto, soy hombre que sangra de pura conciencia, y busco respuestas donde nunca las hubo, mendigando sentido a un Dios sin control.
¿De qué me sirve erigir nuevas torres si un soplo de polvo derrumba su gloria?
Eclesiastés llora mi carne vencida, proclamando en su boca la nada total.
Vanidad de las horas, ceniza del canto, mi espíritu vaga sediento y desnudo, sin fe, sin promesas, sin aurora ni pulso, apenas ceniza flotando sin sol.
Y miro hacia dentro, y todo se quiebra, un espejo de sombras me nombra culpable, no soy sino abismo que habita en su grieta,
un útero estéril, sin génesis fiel.
Tumba temprana, yo sé que me llamas, con hálito dulce disfrazas tu garra,
prometes el sueño donde nada subsiste, y al fin la conciencia se quiebra sin voz.
No espero el rescate ni asilo divino,
mi cruz se construye con clavos de ausencia, y cada latido recuerda su muerte,
como un himno sin bronce, sin coro ni altar.
Así vivo, sin causa ni redención limpia, apenas un náufrago de sí mismo, en ruinas, repitiendo en silencio que todo se apaga, que nadie me salva de ser solo error.
¿Para qué sembrar si el suelo devora?
¿Para qué alzar promesas si la muerte acecha en cada esquina del aliento?
Mi nombre, mis gestos, mis sueños fingidos se pudrirán igual que la fruta en la rama,
sin testigo ni epitafio.
El tiempo mastica todo fervor, la carne más viva termina en ceniza,
y aunque el mundo repita canciones de aurora, la noche regresa, implacable y voraz.
Es vano, tan vano, trazar mapas dorados, dibujar el futuro sobre arenas temblantes, pues la ola del polvo destruye sus líneas y nos hace de nuevo mendigos del fin.
¿De qué me sirve alzar templos de espejos, soñar con amores perfectos, eternos,
si la huesuda meretriz que ronda mis pasos no olvida mi nombre, ni perdona el temblor?
Eclesiastés retumba en la médula rota: vanidad de vanidades, todo se dispersa, y el pulso que late se estrella en su carne, no sabe ni quiere guardar un rescoldo.
No haré inventarios de futuros inciertos, no blindaré mi pecho con promesas de bronce,
prefiero confesar la miseria desnuda, aceptar que la vida es un eco sin fe.
Toda obra humana termina en escombro, toda voz, en un polvo que el viento arrebata, y aun la sonrisa que un día nos salva se apaga.
Así me declaro rebaño sin pasto, oveja perdida de un Dios desmembrado,
y no clamo clemencia ni anhelo milagros, pues todo milagro naufraga en la tumba.
No guardaré tesoros donde el moho corrompe, no ataré mi sentido a palabras de bruma, mi carne sabe bien que la parca devora, y la mente repite su himno final:
recuerda tu muerte, todo se acaba.
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