Cada vez que me encuentro entre tus brazos y me besás,
el mundo que arde afuera me da un respiro y se pausa,
las llamas no queman si tus caricias se interponen
y el humo no me asfixia cuando estamos tan cerca que solo te respiro a vos.
Se siente como una pequeña tregua,
un universo ajeno que creamos juntas, entrelazando los dedos,
hundiéndonos en la piel de la otra toda la madrugada.
Me gustás mucho, dijiste, yo no respondí más que con un beso,
porque a tus palabras las agarro con cuidado medido.
No necesité decir algo básico como “vos a mí también”,
me nació decirte que, aunque no te conozco,
me gusta como existís.
Porque me dejás leerte de a poquito, casi nada a veces,
me contás dos o tres cosas y la ternura lo invade todo,
apelás al silencio de los besos y la comodidad de la paz,
como si fueras demasiado desastre para poder presentarte.
¿Pero no se te ocurre que yo no te quiero conocer solo en los buenos momentos?
Me acuerdo todavía lo primero que pensé, cuando te vi esa noche tan lejana:
es tan linda, quiero cuidarla.
Y veo ahora que venís con heridas que quizá todavía no cicatrizaron
y que yo no entiendo, porque me las contás a medias,
pero quiero que tengas claro que quiero estar acá,
para vos, más allá de lo rota y perdida que te sientas.
El mundo exterior arde para todos por igual, corazón.
¿No te gustaría de vez en cuando encontrar refugio,
por temporario que éste sea, conmigo?

Florencia Velázquez
Escribo como evidencia de que aún estoy viva. El libro está en proceso, lo actualizo cada vez que me inspiro.
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