Reflexiones en torno a "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" de Borges y la "verdad histórica"
Aug 23, 2026
No es de extrañar que un docente de Historia vincule sus lecturas —por más ficcionales que sean— con los cuestionamientos propios de su disciplina. En este caso, y de forma totalmente imprevista, le ha tocado al escritor argentino Jorge Luis Borges con un cuento que algunos críticos califican simplemente de ficción y otros de “ficción especulativa” o “literatura conceptual” (véase clase 1 de Ricardo Piglia en Tv pública argentina). Hablo aquí de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, publicado en 1940, que narra el descubrimiento, por parte de dos amigos, de una enciclopedia que describe detalladamente las particularidades y lógicas de un mundo imaginario denominado Tlön, el cual alberga un país llamado Uqbar. Este mundo ha sido creado por un grupo sectario de intelectuales, Orbis Tertius, con la finalidad de desafiar a Dios en su capacidad creadora.
Sucede que este mundo funciona bajo lógicas muy diferentes a las nuestras: su lenguaje, su literatura, su geometría y su geografía difieren de nuestra forma de comprender la realidad, pues en Tlön rige un idealismo absoluto donde todo lo real se desprende de la conciencia y no de lo material.
En este cuento Borges introduce un concepto sumamente interesante, que sirve de apertura a este breve análisis sobre la “verdad histórica”, aunque debo advertir que quizás sea una extrapolación de las intenciones del autor.
Quiero hablar de los hrönir. Cito a Borges:
"No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos. Hasta hace poco los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido."
La historia entonces, susceptible de convertirse en un hrönir, nos advierte sobre su propia fragilidad, más aún hoy, cuando la información se comparte y extravía su verdad en la distracción —en el mejor de los casos— y en el olvido, intencionado o no. Si pensamos en la actualidad, con la abundancia de información y de puntos de vista posibles, la labor de recordar traerá problemas a las futuras sociedades. Problemas que ya se observan en las aulas —por situar un espacio concreto donde una colectividad comparte ideas—, donde la información que circula por aplicaciones como TikTok se entremezcla con las distintas ciencias y disciplinas trabajadas.
Los agentes que transmiten la “verdad” son muchos y, junto con la pérdida de confianza en las instituciones decimonónicas, hacen que las verdades dejen de existir para convertirse en opiniones personales sobre cualquier tema. Basta leer los comentarios de una noticia en redes sociales para comprobarlo.
Esta preocupación por los tiempos venideros y la persepción del pasado ya era tema de análisis de los teóricos del siglo pasado, por citar a Walter Benjamin, en sus Tesis sobre la Historia nos advertía:
"En la rememoración tenemos una experiencia que nos prohibe comprender la historia de manera fundamentalmente ateológica en la misma medida en que no debemos intentar escribirla en conceptos teológicos. (...) Con el ritmo acelerado de la técnica, al que corresponde una decadencia igualmente acelerada de la tradición, la parte del inconsciente colectivo, el rostro arcaico de una época, sale a la luz mucho más rápidamente que antes, incluso ya para la época que le sigue. De ahí la mirada surrealista sobre la historia."
Asumiendo que el rememorar implica inherentemente a su acto, sacralizar, la historia misma podría llegar a considerarse como los hrönir de Borges, asumiento que nuestra visión del pasado es ineludiblemente una mirada surreal cargada de expectativas, miedos, rechazos y deseos de algo que ya no es.
Siempre que inicio un año liceal surge la gran pregunta: “¿para qué me sirve la Historia?”. Más allá de la utilidad que cada uno le otorgue, entiendo que toda comprensión del lenguaje es una expresión existencial de uno mismo frente a otro, de alguien que escribe o dice a alguien que lee o escucha. En un texto más extenso que claro, Paul Ricoeur define el acto hermenéutico de la siguiente forma:
"Al superar esa distancia, al volverse contemporáneo del texto, el exégeta puede apropiarse del sentido: hacer propio lo que le era ajeno, es decir, hacerlo suyo. En este sentido, lo que persigue es el ensanchamiento de la propia comprensión de sí mismo a través de la comprensión de lo otro. En consecuencia, toda hermenéutica es, explícita o implícitamente, comprensión de sí por el desvío de la comprensión del otro."
Hoy la palabra de un docente, cualquiera sea la disciplina que imparta, ya no constituye un punto de referencia del conocimiento como quizás lo era décadas atrás. En el caso de la historia, pareciera que las interpretaciones historiográficas se ven desplazadas por personajes que, gracias a su llegada algorítmica o a su poder político, logran instaurar verdades, especialmente entre las nuevas juventudes.
Puede observarse en varios países la circulación de ediciones apologéticas de personajes como Franco, Hitler o Videla con el fin de defender ideales fascistas mediante imprecisiones históricas, muchas veces promovidas incluso por actuales gobernantes.
Quizás el problema resida también en las identidades que los adolescentes construyen en medio de la percepción de decadencia de valores que atraviesa nuestras sociedades. La susceptibilidad frente a estos discursos moviliza sentimientos de odio y desconfianza hacia democracias y sistemas políticos que se encasillan constantemente en izquierdas y derechas. Y en esa tensión ideológica, la historia pasa de mano en mano, adquiriendo múltiples sentidos, haciendo de aquello que alguna vez fue presente, en una ficción.
Para ejemplificar esta idea, traigo otro fragmento Borges:
"El director de una de las cárceles del Estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos exhumaron -o produjeron-- una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca..."
No se trata aquí de conocer una verdad última. Se reconoce la subjetividad presente en toda narrativa, incluso en las ciencias, sino de desenmascarar los relatos que nos llegan. Tal vez allí cobre sentido la labor en las aulas, recordando aquella premisa del ya citado Walter Benjamin:
"Porque la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella."
Las sociedades deben apropiarse de su pasado, de sus raíces, y proyectar sus propias esperanzas. La verdad parece cada vez más lejana; nuestra historia, más ajena y desconocida, contaminada por relatos de odio y por este idealismo propio de Tlön que, como observa Brecht, se apropia progresivamente de nuestra realidad. Heroicos en relatos de lucha contra enemigos inexistentes, vagan como quijotes en narrativas tan ficcionales como reales: “ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro”.
En un mundo globalizado como este, la pluralidad epistémica cada vez se ve más relegada a formas únicas de producir y difundir el conocimiento, que sin dudas existía siglos anteriores con la imposición de manuales históricos, tomos enciclopédicos de "Historia Universal" que resumía nuestra existencia a ser un apéndice de Grecia y Roma, pero que hoy amenazan de diferentes maneras, en creencias del pasado que en su momento sustentaba en factibles vasijas, estatuas o ruinas, y ahora, como en los fascismos contemporáneos al cuento de Borges, lo hacen bajo ideas extremistas como el nacionalismo o racismo.
Cuando Borges explica sobre la sociedad secreta que crea un mundo ficticio, nos habla de Buckley, responsable de la creación de estas enciclopedias (junto con otros intelectuales) que hablan de Tlön, y allí fundamenta que este sujeto:
"descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo."
Parece comprender la misma metodología que plantea Benjamin en la imposibilidad del ser humano en rememorar de manera "ateológica". Considero que las perspectivas se acercan, pese a los diferentes contextos vivenciales de ambos autores, en el sentido de preocupación por el avasallamiento de memorias que propuso el fascismo en Europa durante las décadas del 20, 30 y 40.
Si bien creo que son preocupaciones que han sido sostenidas a lo largo de los siglos, nuestro presente requiere de un pienso sobre las formas en las que no acercamos al pasado, delimitar lo ficticio de lo real no es tarea sencilla, y quizás a fin de cuentas llegue a ser imposible, pese a ello, considero que la tortuosa tarea de convivir con el pasado es necesaria
Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.
Tlön es un mundo donde las cosas no tienen una sustancia material independiente. No hay objetos "esperando" en la oscuridad a que alguien los descubra; si un objeto deja de ser percibido o recordado por completo, simplemente deja de existir. Así como en este mundo, los pasados atentan con desaparecer cuando nadie se acusa de concebirlos, la volatilidad de nuestra historia es un hecho ya conocido, es la tarea de todos permitir que esas ruinas existan, así como son, ruinas y no bronces fundidos por las manos de nuestros actuales dioses.
"Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne."
Habrá que fijarse más en la tarea de aquellas y aquellos que aún hoy, así como exégetas, buscan las ruinas de un mundo que fue y está forzado a ya no ser.
Bibliografía
Benjamin, W. (2008). Sobre el concepto de historia. En Obras, libro I / vol. 2 (Trad. A. Vicente). Abada Editores.
Borges, J. L. (2011). Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. En Ficciones (pp. 13-36). Debolsillo. (Publicado originalmente en 1940 en la revista Sur).
Piglia, R. (8 de septiembre de 2013). Borges, por Piglia - Clase 1 - 07-09-13 (1 de 3) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=im_kMvZQlv8
Ricœur, P. (2003). El conflicto de las interpretaciones: Ensayos de hermenéutica (Trad. A. Falcón y P. Corona). Fondo de Cultura Económica.
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