El cuerpo recuerda
lo que la mente aprende a callar.
No como imagen,
sino como temperatura,
como una presión leve
que vuelve sin aviso.
Hay gestos que no se olvidan:
una forma de apoyar la mano,
una distancia exacta entre dos respiraciones.
Pequeñas huellas
que no hacen ruido.
No duelen siempre.
A veces solo permanecen.
Como una luz tenue
que no termina de apagarse.
La piel guarda lo que no supimos decir,
lo que no tuvo tiempo de quedarse.
Una memoria sin palabras,
más fiel que cualquier relato.
Y aun cuando todo parece lejos,
algo insiste en el contacto:
una ausencia que todavía toca,
una presencia que ya no está.
No es nostalgia.
Es una forma de existencia
que no aprendió a irse.
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