Tú mismo secarás tus labios,
alimentándote de dulzura inventada,
sumergiéndote en tus propias fantasías.
Estoy saltando de tus ojos en la luz,
sin contención, soy quien opaca la luz.
No gobierno tu tumba.
Esa es de tu propia locura,
la que te arrastra
y a mí me toma como arma.
Las paredes me ahogan el pecho.
Tu filo me corta la garganta.
Todos mis intentos de alzar la voz
se pescan en una cuerda rota.
La luz me deja derrames.
El hambre del suelo despierta, y tres metros abajo alguien clama tu nombre.
A ti se te prenden en fuego las uñas como si yo fuera alcohol.
No puedo esperar
a que te atraviese la razón
y sea a ti a quien se trague el piso
cuando truene la orquesta.
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