No tengo problema en seguir así, con este grito apelmazado en la garganta. Me acostumbré a vivir de una manera inhumana, con los huesos pesados de tanto aguantar cargas que me son prestadas. Miro las luces tenues de esta casa, el sonido de aquella radio que nunca se apaga. Juraría que estos pisos y estas paredes me vieron morir y revivir 3 veces; y el sonido de fondo nunca se acaba.
Me freno un rato frente al espejo. Siento una basurita en el ojo: pequeña, invisible. La dejo que juegue ahí hasta que se vaya, pero más pasa el tiempo y más molesta es. Me encantaría arrancarme este ojo a pesar de que sangre, a pesar de que eso signifique quedarme ciega. Creo que ya vi demasiadas cosas. De haber sabido que este sería el transcurso de los hechos, me habría quedado a oscuras un rato más, procesando si seguir o decir: “Hasta acá.”
Sigo deambulando como hoja perdida en el cielo. Mi cuerpo no está contento, hace sonidos para representar su descontento. Me pongo a la defensiva, lo ataco un rato, pero eso solo hace que me devuelva un golpe peor, más fuerte que cualquier otro anterior. No puedo quejarme, no puedo expresar mi dolor, porque al hacerlo las consecuencias son peores. Me recuerda a esos gritos, a esas peleas. Si indago dentro de mí todavía siento a esa niña, ella que no entiende qué hizo mal, dónde se equivocó. No sé qué responderle porque yo tampoco sé. Pasan los años, se me pasa la vida; todo es igual.
La cama se vuelve cada vez más cómoda, cada vez más compañera, a pesar de que no puedo dormir y mis ojeras están a punto de tragarse mi rostro, sigo apreciando esa cama. Me arrastro hacia ella, me vuelvo algo perturbador, casi bestial. ¿Qué me queda en esta casa más que mi cama? En leves susurros hago plegarias al techo, me encantaría destruirlo y quedarme sola con el cielo, que me envuelva en nubes y destellos, que me desintegre hasta apagar todo esto que siento. Me tiembla el labio al pensar esto. Cierro los ojos y dejo que mi cabeza haga su bochinche, mañana será otro día. La radio sigue prendida.
Montilú.
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