Me gusta estar sola, disfrutar del silencio o del ruido que solo yo provoco. Me molesta escuchar las voces en mi cabeza cuando esa soledad se vuelve constante. Me dicen que no sirvo, que debo irme, que nunca podré salir de estas paredes y que, si lo hago, volveré otra vez allí. Les creo, o al menos una parte de mí lo hace, y acepta que quizás tengan razón. Pero aún hay esperanza, como esos pequeños rayos de sol que atraviesan la cortina al amanecer.
Desde que estoy aquí encerrada, he comenzado a pensar muchas cosas, al igual que he comprendido muchas de mis acciones, sentimientos y traumas. De tanto hacerlo, encuentro una solución: levantarme y vivir. No hay más que esa simple acción, que cada día me cuesta toda mi esperanza, toda mi fuerza…
Para algunos seré una tonta que solo se queja; para otros, alguien que necesita un psicólogo. Y no podría estar más de acuerdo con ambos pensamientos, o con los otros que surjan en sus cabezas al leer esto —si es que lo hacen con el corazón—. Porque si escribo, es porque nadie escucha mis palabras cuando salen de mi boca. Y cuando las escribo, tampoco, pero al menos quedarán guardadas.
Me gusta la soledad, aunque no en exceso; los sonidos que yo provoco, no los que hacen los demás; mi autosabotaje, no las palabras hirientes de otros; reflexionar, no el mandar disfrazado de empatía.
Quizás soy yo el problema. Lo he pensado muchas veces, y en algunos momentos lo creo. Pero hay algo que me hace sentir que no lo soy: soy adolescente, soy humana, soy un ser que puede ser su propia destrucción o su salvación.
Es difícil ser.
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