¿Está mal acaso,
necesitar de un Dios?
Cerrar los ojos,
entregarme al tal vez,
esperar que algo —alguien—
ataje mis huesos desnudos.
No me queda más que confiar.
No me queda más que llorar.
Y lamentar no sirve.
Pensar no sirve.
¿Acaso pensar devuelve lo perdido?
¿Acaso Dios va a premiarme
por no romperme
ante su ego herido?
¿O ese capricho es del hombre,
que sólo sabe pavonearse
con el pecho abierto
y el alma vanidosa?
Dios, Dios, Dios, Dios.
Repito tu nombre como conjuro,
como grito, como un mantra vacío.
¿Qué sos Dios?
¿Quién sos Dios?
¿Por qué me castigas así,
con esta ceguera sin tregua,
con este silencio que no responde
ni siquiera al llanto?
¿Por qué me sometes
a lo impredecible,
a este destino que no elegí
y que igual tengo que cargar?
Porque al final del día
no te salva el evangelio,
ni mil apóstoles,
ni una fe quebradiza
que se sostiene entre líneas.
Porque no importa cuánto creas,
cuánto ruegues, cuánto llores, cuánto pidas:
nadie escucha más allá de su propio silencio.
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