Quién podría quererme
Jan 27, 2026
¿Quién podría querer una esposa torpe,
incapaz de seguir instrucciones sin confundirse,
de esas que preguntan de más
y entienden todo un segundo tarde,
como si siempre estuvieran desfasadas del mundo?
¿Quién querría una esposa impulsiva,
con decisiones que nacen del pecho
y no de la cabeza,
impredecible,
una amenaza silenciosa para la rutina,
un riesgo para la estabilidad,
un peligro —susurran— para un bebé
que necesitaría certezas
y no una madre que duda?
¿Quién podría amar a una esposa llorona,
demasiado sensible,
de lágrimas fáciles y voz quebrada,
que siente todo en exceso
y necesita que él la sostenga
como si fuera una carga constante,
como una garrapata emocional
incapaz de soltarse sola?
¿Quién soportaría a una esposa de mal carácter,
con días en los que nada alcanza,
caprichosa,
malcriada desde chica,
difícil de llevar sin pisar una herida,
difícil de calmar sin perderse,
difícil incluso de querer
cuando se cierra sobre sí misma?
¿Quién elegiría a una esposa inestable,
que hoy desconfía del esposo,
de sus palabras,
de sus silencios,
de sus miradas,
y horas después se desarma entera por él,
se muere de amor,
se arrastra en afecto,
sin término medio,
sin equilibrio,
sin red?
¿Quién querría a una esposa que ama demasiado,
pero mal,
que no sabe amar con mesura,
que no aprendió a quedarse quieta
cuando el miedo aparece,
que confunde amor con urgencia
y apego con hogar?
¿Quién podría querer una esposa
que siempre siente que sobra,
que ocupa espacio de más,
que pide perdón incluso cuando ama,
que se pregunta a diario
si está fallando en algo invisible?
La lista podría seguir indefinidamente.
Siempre hay algo más que no encaja,
algo que sobra,
algo que pesa.
Y entonces la pregunta deja de ser retórica
y se vuelve íntima, cruel, inevitable:
¿quién podría quererme a mí
como esposa?
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