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¿Quién decide qué merece ser llamado arte?

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Aug 28, 2026

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El arte contemporáneo se define por su diversidad. Abarca temas como la identidad y cultura popular, política, memoria y todo lo demás que rige nuestra sociedad, extrayendo elementos de la vida común y corriente. Su intención es que el espectador valore el presente y encuentre la belleza en lo cotidiano.

Apareció desde mitad del siglo XX hasta hoy y desde su existencia, ha cambiado la forma en que se valora el arte, teniendo más peso el concepto y la intención del artista. Con ello, comenzó a discutirse lo que históricamente se había definido como arte.

Su naturaleza hace inherente que algunas de sus manifestaciones incomoden, indignen y sean víctimas de censura. La legitimidad que carecen dichas muestras de carácter controversial y el cuestionamiento que existe alrededor de estas nos ha permitido analizar nuestra necesidad de considerar a todo como obra artística con el slogan de “todos podemos ser artistas”.

De allí comienza la pregunta de ¿Qué estamos dispuestos a aceptar en nombre del arte? Porque si la intención del artista basta para legitimar cualquier manifestación, ¿en qué momento deja de ser válida la crítica sobre aquello que ocurre detrás de la obra?

El problema suscita en normalizar todas aquellas piezas elaboradas desde la violencia e inhumanidad, en las que unos ven belleza y otros ven crueldad. Obras que nos permiten analizar que tan moral es su existencia, su reproducción, su contemplación, así como los valores que defendemos como sociedad y lo que se ha convertido en culturalmente aceptable. Porque pensar en espectáculos que ponen en riesgo la vida de seres vivos en obras creativas deja ver como el morbo se convierte en la única forma de atraer audiencia, una que seguro no conoce los limites éticos y morales.

Obviamente detrás de esto el autor me obliga a darle un significado, una reflexión que demuestra que muchas obras acaban forzadas a estar ahí, pues, precisan de algún tipo de abstracción o representación. En dado caso, se dictamina que el espectador es quién no es capaz de entenderlo. Si no cree que muestras creadas desde el sufrimiento NO son arte, si no logra interpretarlas y mucho menos digerirlas o si incluso la postura no es favorable para el artista, se margina el pensamiento, se cuestiona la capacidad de sensibilidad e inteligencia del espectador y así se quita todo el compromiso sobre el trabajo hecho. Se impone lo que debemos pensar e imaginar ante la interpretación de la pieza.

Fotografía extraída de: https://historia-arte.com/obras/novecento

Aunque sea difícil de creer, todos nosotros contribuimos a considerar a ese autor como artista o a esa obra como obra de arte. La influencia de diferentes mercados, algoritmos o academias ha dictaminado la valoración porque nos importa más catalogar algo por la cantidad de gente que lo halaga, los textos que escriben de él o los medios que argumentan a su favor que por el real significado explícito e implícito que debería existir en cada una de las creaciones. Se usan los intereses de poder para moldear la percepción de cada individuo, perdemos la capacidad de decidir por nosotros mismos qué merece ser admirado, reduciéndonos a un objeto de consumo. Por ello, quien responde adecuadamente a una obra sale de sí mismo para dar valor a dicha obra.

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