Arrastra y remueve, alza y aprieta; agónico es el vivir tanto como el mirar la vida fugaz escapar.
Endeble la vida e inamovible la muerte. Los deseos que te mueven y las cosas que tantas otras veces se quedarán cortas para la vida, que corta en su misma esencia es. Quisiera gritarte en la cara, Dios mío, porque tu existencia, aunque imposible de interpretar, me hace sentir que, de ser mi vida tu decisión, has sido sumamente descuidado. El peso de tu incuria me destroza los huesos, y me encuentro aquí, intentando saciarme del néctar de las flores sin entender que ninguna cantidad de pétalos compensará la naturaleza mínima de la fuente; el néctar nunca bastará para un hambre que es absoluta.
Es una letanía donde abogar a la vida o a la muerte carece de sentido, y en medio de este despropósito, me descubro invisible y necio, perdiendo el tiempo en un infinito mundo de cosas que no son más que eso: cosas. Me he convertido en un errante por elección, un malaventurado que corre tras el humo de una bengala ajena mientras la vida, escrupulosa, me permitirá ir por el camino penumbroso que he elegido. Sé que tarde o temprano llegará el cobro, y me aterra pensar que, cuando la factura de mi caminata se presente en la ventanilla final, intentaré pagar con esas mismas cosas que no tienen forma ni razón. ¿Quién pagará por mí si solo he sido un espectador ante los murales que cuentan mi propia penosa historia?
He cabalgado una carrera que no era la mía y ahora me estampo contra mi torpe decisión. Dichoso creí ganar, pero en realidad perdí; llené estantes de vivencias que mi corazón no añoraba por no saber decir no, confundiendo la bondad con la debilidad de no ser dueño de mi voluntad. He quedado de último por fingirme fuerte, resultando frágil ante lo que no sale de mi mente. No me faltó fuerza de carga: me faltó la soberanía para tomar las riendas de lo único que poseía.
Por eso, ahora que el peso es insostenible, podría rasgar el velo de esta existencia con un escalpelo, buscando en cada corte un alivio que el mundo me niega. ¿Qué tan lejos debo llegar para que esto se sienta como algo más que agonía? Las marcas en mi piel son el mapa de alguien que intenta desertar de un bucle de sinsabores.
Padre Celestial
mírame a los ojos y dime qué pecado cometí para merecer el peso de tu espada. Quizás en otra vida fui un artefacto de destrucción, una herramienta de penuria para otros, y hoy el ancla que arrastro en los tobillos no es más que la compensación de esa malevolencia olvidada.
Incluso cuando busco la dicha, el peso del alivio es inasumible para mis articulaciones; intento alzar la felicidad como quien levanta un mundo que no le pertenece, pero fallo estrepitosamente y la carga me aplasta antes de poder dominarla.
Me has creado incapaz de sostener la plenitud, atrapado en esta brevedad eterna donde el vivir vuela, pero el sufrimiento permanece estático. Si me sigo aferrando con las uñas a esta vida que no sabe esperarme, ¿podré tocar la felicidad aunque tenga los dedos destrozados?
Mi llanto escapa y en él transporto esta falta de humanidad, esta alienación de no experimentar lo que a todos parece hacer felices. Me encuentro pequeño, humillado, llorando por lo que no conozco ni entiendo.
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