Querido Rojo,

Han pasado muchos años desde que te escribí esa última carta. ¿Recuerdas la metáfora de los colores? La que usaba como clave cuando hablaba de nosotros. En ese entonces creí que esa carta era el final: que la mezcla nos había ganado, que yo ya no volvería a ser el azul que era antes de conocer a tu rojo.
Hoy escribo desde otro lugar. Hoy escribo desde la identidad.
Después de ti me quedé teñida. No porque te siguiera esperando, sino porque en el proceso de quererte perdí bordes: ajusté mis colores, modifiqué partes, me moldeé para coincidir. Durante un tiempo pensé que eso era lo que hacían los que amaban (porque te amaba, qué fuerte). Hoy sé que era fusión.
Con el tiempo entendí algo más complejo: no era a ti a quien tenía que soltar pues ya te había soltado, sino a la versión mía que se volvió lila para sostenerte, y no sé si algún día voy a poder perdonarte y perdonarme (esa parte no es urgente), pero sí quiero dejar registrado que ya no queda nada tuyo en mí. Ni las dudas, ni el dolor, ni la rabia, ni la pena.
Y lo celebro.
Este año volví a enamorarme del azul. De mirar el atardecer y encontrar la blue hour, mas que el atardecer lila que hicimos nuestro. Este azul es diferente, no es el azul que estaba antes de ti, ni del que necesitaba tu rojo para iluminarse, sino del mío: el azul que existe sin mezclarse, sin diluirse, sin pedir permiso. El nuevo azul. El que agradece la experiencia, incluso si no la repetiría. El que no se conforma ni se achica para que otro quepa.
Hubo un tiempo en el que volví a ti como consuelo, no a ti directamente, claro, te visitaba en mi memoria. No porque te extrañara, ni porque quisiera arreglar nada, sino porque eras una herida conocida. Y las heridas conocidas consuelan más que las heridas nuevas. Contigo el dolor tenía sentido, tenía color, tenía metáfora. Con otros, el dolor era confusión. Por eso regresaba a tu memoria: no estabas para salvarme, estabas para traducirme. Tener pasado también es una forma de alivio.
Hoy ya no lo necesito.
Sé que en 2016 escribí que tendría que acostumbrarme al lila. Qué ingenuidad tan dulce esa. Diez años después puedo decirlo sin temblar: ya no soy lila, Rojo. No soy mezcla. No soy degradé. No soy extensión tuya.
Soy azul. Azul propio. Azul sin permiso.
Buena vida, Rojo.
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