Miro tu fotografía sobre mi buró, adornada cada semana con flores distintas, como si al cambiar los colores pudiera impedir que el tiempo siguiera avanzando sin ti. A veces coloco rosas, otras veces lirios, y me quedo observando cómo tu sonrisa parece acompañarlas en silencio, como si todavía habitaras un poco esta habitación.
Te miro lentamente, intentando memorizar cada detalle que el miedo me obliga a conservar: las pequeñas líneas debajo de tus ojos, tu cabello cubierto de canas, la calma de tu mirada. Y entonces lo noto, tenemos los mismos ojos. Los mismos ojos cansados de cargar historias, los mismos que aprendieron a llorar en silencio. Quizá por eso, cuando me veo al espejo, siento que todavía encuentro una parte de ti mirándome de vuelta.
Tomo la fotografía entre mis manos y la llevo contra mi pecho, esperando que mi corazón deje de sentirse tan vacío por unos segundos. A veces cierro los ojos e intento imaginar uno de tus abrazos, de esos que parecían arreglarlo todo cuando tenía cinco años y corría hacia ti después de cualquier caída, convencida de que mientras estuvieras ahí nada malo podía pasarme.
Lo extraño es que tengo veinte años y sigo corriendo hacia ti, aunque ya no estés. Sigo buscándote en las canciones, en los recuerdos, en el olor de las flores recién cortadas y en las noches donde el silencio pesa demasiado. Y aunque el tiempo siga avanzando, hay una parte de mí que todavía se queda sentada frente a tu fotografía, esperando escuchar tu voz una vez más.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión