Y heme aquí, vida ingrata,
corriendo entre tu bruma y escapando de tus maldades,
huyendo de tus garras,
de lo que no puedo controlar de ti,
de lo que me pasa, de lo que no...
de lo que deseo que me pase.
Asfixiándote
con el humo de mis cigarrillos,
buscando una respuesta en la punta que se quema,
fugaz,
en el humo que levita en tu ser, en tu espacio,
con más preguntas que respuestas,
queriendo entenderte...
Creando geometrías a tu alrededor, buscándote un orden cuando no lo tienes.
Una tarea ardua, incesante,
pero fatídica,
porque nunca lo lograré.
Nunca encontraré tu orden,
nunca podré ver a dónde vas,
nunca podré decidir,
nunca podré controlar nada de lo que sucede.
Nadie puede hacerlo,
pero no puedo vivir con eso.
Creo que el hecho de que así sea
me genera un profundo rencor contra ti.
Me alejas de tanto, me acercas a tanto que no quiero cerca.
Quisiera que fuera diferente,
quisiera que fueras diferente...
pero no lo eres.
No puedo decir que te amo, tampoco que te odio,
y creo que todo lo que diga de ti es incierto, erróneo, equivocado.
Quisiera cambiar tu curso
en un acto egoísta,
porque quiero ser feliz,
aunque no sepa qué me dará esa felicidad.
Pero no eres un túnel,
no sé cuándo acabarás,
pero miro hacia atrás y tampoco sé cuándo empezaste.
Creo que nunca lo hiciste, creo que fui yo el que empecé.
Es algo triste,
aunque no tiene que serlo.
Quizás solo yo lo hago algo triste.
Sin poder acoplarme a tu ritmo,
a tus formas,
a tu orden.
Pero tu incesante cambio me cansa,
porque
las desdichas están al pie del día, todo el tiempo.
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