Mi inepcia comenzó en la adolescencia,
con reproches e increpación a aquello que dejaba de ser,
obligado a crecer.
Perdí todo lo que me hacía increíble;
ya no quería aprender,
no deseaba saber nada, nada.
Mas anhelaba ser escuchado,
ser amado,
que me dejaran en paz,
volver a ser incorrupto.
Entonces inició la incubación,
mi termorregulación fallaba,
y solo sentía calor:
ese horrible calor
que se mezclaba con la tibieza de
mi alma amarga.
Dejaba de ser un niño,
pero aún no era adulto;
me acercaba más a ser un poroto
una persona despreciable.
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