Quedate. Aunque la noche esté seca como un papel viejo, aunque el alba venga con sus dientes afilados. Quédate, aunque ya no quede nada, aunque el amor sea solo un fantasma que camina de puntillas entre los escombros.
No te vayas.
Quédate hasta que el silencio nos vuelva a inventar, hasta que las palabras se deshagan como azúcar en la boca. Quédate, aunque solo sea para mirarnos y descubrir que ya no nos reconocemos, aunque el tiempo nos haya vuelto extraños, aunque mi piel ya no sea tu mapa.
No me dejes con esta sed de ti.
(No me dejes con esta sed de ti—como un vaso vacío en medio del desierto, como un libro sin páginas, como un grito que nadie escucha.)
Quédate aunque sea para mentirnos, para fingir que aún hay algo entre nosotros más que este frío, más que este hueco que crece como una mala enredadera. Quédate aunque sea para decir adiós, pero dilo despacio, dilo bajito, como si temieras despertar a los muertos.
Porque si te vas, se irá contigo todo lo que alguna vez fuimos. Y yo, ¿qué seré entonces?
¿Una sombra? ¿Un nombre que el viento lleva?
Quedate.
Aunque ya no haya razón.
Aunque ya no haya amor.
Aunque solo sea por piedad.
Quédate.
Hasta que el último reloj se detenga.
Hasta que la nostalgia duela menos que el vacío.
Hasta que yo también me olvide de pedirte que no te vayas.
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