La mayoría de las personas se ven atraídas por otras de forma romántica, ya sea de su propio género o no. Yo era del tipo que creía encajar perfectamente con ellas, pero no era así. Por un lado, las chicas no me atraían y mucho menos me gustaban, y por el otro, los chicos tampoco me gustaban, pero sentía un tipo de atracción por ellos. Eso me parecía raro, no le di mucha importancia, pero las dudas persistían.
Es por esto que yo asumí que era hetero, ¿no? Es lógico. ¿Qué más podría ser? Es más, esas personas demasiado entrometidas me preguntaban si era lesbiana y yo les aseguraba que no. Hasta el día de hoy puedo asegurar que no, no tengo ese tipo de interés en las chicas.
Asimismo, siempre hay personas a las que les interesa saber el “tipo ideal” de otra. A mí muchas veces me hicieron esa pregunta y solo así pude cuestionarme. No tenía un tipo. Nunca lo tuve. Es más, si lo pensaba un poco, nunca había tenido esos intereses, ni siquiera por personajes ficticios. ¿No era un poco extraño? Desde pequeña, mis sueños giraban en torno a la felicidad y la amistad. ¡Cómo me encanta la amistad, es algo bello! Siempre ha estado en mi mente, mientras que el amor nunca se me había ocurrido.
Lo más curioso de esto es que yo amo el romance. Me gusta aprender, descubrir, criticarlo y cuestionarlo, desmenuzarlo a través de lo que leo o miro (si es una película). Me gustaba crear historias ficticias en mi cabeza. ¿Cómo no podría pensar en el amor aunque sea un segundo de mi existencia? ¿Quién alguna vez no se lo planteó? Sorprendentemente, hasta mis historias ficticias siempre fueron en tercera persona. Nunca fui protagonista del romance, lo cual me parecía normal. Pero fue gracias a una charla con otras chicas que descubrí que no. Lo realmente “normal” o lo que solían hacer las demás era imaginarse a ellas mismas siendo protagonistas de sus propias historias. Eso sí me había volado la cabeza. ¿Sería eso posible?
De todas formas, el romance real no es de mi mayor interés, y menos si es para mí, quiero dejarlo claro. Aun así, esto no impedía la existencia de un tipo de interacción con el otro género.
He tenido cuatro situaciones en las que un chico se me quedaba mirando detenidamente. Mi reacción casi siempre fue la misma: no vi nada. No sé exactamente por qué. Simplemente prefiero ignorar el hecho y fingir demencia. Si yo no vi nada, no pasó. Prefiero que quede así. En dos de esas situaciones, además, hubo una cercanía que yo jamás solicité. Y como nunca deseé nada de esas interacciones, tampoco puse de mi parte. No devolví las miradas, no intenté acercarme ni busqué que ocurriera algo. Quizás esas situaciones podían tener un componente romántico del otro lado. Pero para mí solo fueron miradas que no existieron porque yo no las vi.
Toda esta situación me lleva a preguntarme: ¿Qué es lo que realmente me atrae? ¿Acaso seré arromántica? Y, de hecho, esto último es lo que más se asemeja a mi situación real, pues hay pruebas sólidas no presentes en este blog que lo sustentan. Aun así, no estoy segura.
Mi problema real deriva en la incomodidad de no saber qué tipo de etiqueta usar. No sé a qué categoría pertenezco realmente. Me molesta no saberlo, pues todos saben la suya. Es esta incomodidad también la que me lleva a forzar una identidad. Pero la pregunta real es: ¿Es necesaria una etiqueta? ¿Qué importancia tiene? ¿Acaso tener una etiqueta define quiénes somos? ¿O es que solo la quiero para saber cómo responder correctamente a esas típicas preguntas que, curiosamente, todo el mundo sabe responder? ¿Quizá solo quiero encajar?
Sé que no es necesario. Solo es incómodo. Ya se me pasará. Aun así, sé que me queda mucho por descubrir, ¿no? Eso creo... Aish.
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