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QUE MI CASA QUEDE EN ALGUN SUBMUNDO

Johanna

Jun 4, 2025

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   QUE MI CASA QUEDE EN ALGUN SUBMUNDO
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Escribo para que mi casa no deje de existir. Mi casa de la infancia ya no existe más, dónde estaba mi casa de la infancia hoy se regenera la selva misionera. No hay fotos de esa casa, porque nadie le saca fotos a su casa, antes menos, ¿por qué no? Obvio que la pobreza no nos dejaba, nadie iba a gastar una foto del rollo para sacar una foto de la casa, una casa que uno creería que existiría para siempre.  

Digo que es mi casa de la infancia porque viví en ella hasta los 12, literalmente terminó mi infancia ahí. La casa ocupaba parte de la chacra de una familia empresaria que le daba trabajo a casi toda mi familia, mi casa estaba pegada a la casa de mis abuelos paternos. La casa empezaba arriba y terminaba abajo, ¿vieron cómo son esas casas? Existen en Oberá, porque terrenos planos, sin invertir guita y tierra, hay solo en el centro. La casa de mi infancia era de madera, madera dura por fuera y machimbres bien amarillos o barnizados por dentro, para llegar a la casa había que entrar a una calle medio privada ponele, la calle pasaba por el frente de la casa de una de mis tías, por el frente de un aserradero, por la casa de los dueños de este, y de un vivero de té, después del vivero había un yerbal a la derecha y a la izquierda en bajada un trillo en el medio de las plantaciones de mi abuelo que te llevaba al patio de la casa de mis abuelos. También había una entrada principal por la cual se ingresaba con autos, pero esa no la usábamos nosotros más que para ir a la casa de mis otros abuelos que quedaba derecho hacia arriba. En oberá todo es así, es hacia arriba o hacia abajo, después a la derecha o a la izquierda, pero primero arriba o abajo, sí o sí.  

Bueno, en fin, para entrar a la casa de mi infancia tenías que pasar por el patio de mis abuelos, por abajo (¿o debajo?) de un parral, y ahí después de una planta de rosas, estaba la planta de naranjas rodeada de botellas de vidrio metidas tipo muro, a la derecha de la entrada, alado de la planta, daba la ventana de la pieza de mis abuelos. Para entrar a mí casa bajabas un escalón hacia lo que primero fue una galería, después se cerró y fue parte del living-cocina-comedor, bajabas a un piso alisado rojo brillante en el que jugábamos carreras con mi hermano sobre trapos de lana después de que mi mamá lo enceraba. A la derecha estaba la puerta al lavadero que era el espacio que unía nuestra casa con la de los abuelos y tías. Siguiendo en la casa pasabas a otro tipo de piso, un alisado rojo, pero no tan alisado, más áspero donde supieron estar la tele, una mesa, una cocina a gas y ¿una heladera? Creo que teníamos heladera, pero no la recuerdo, como otros muebles que quizás estaban por ahí. Bajabas otro escalón a una especie de pasillo pero que no era solo un pasillo, era a la derecha una pieza con una cama cucheta donde dormíamos mi hermano y yo, yo dormía abajo. A la izquierda separada por un aparador de no más de un metro de alto, estaba la cocina a leña y una ventana, eso fue por un tiempo, porque en otro tiempo, cuando separamos la cucheta estaba una cama a la derecha y otra a la izquierda de ese “pasillo”, me acuerdo de eso porque tengo el recuerdo vívido de la corrección pasando sobre la cama de mi hermano, ¿saben lo que es la corrección? Porque nadie sabe qué es y eso me genera sentimientos encontrados, me molesta la ignorancia del otro, pero me enorgullece saber que es porque viví en la chacra, y en un lugar lo suficientemente sano para que aparezca la corrección en las noches. La corrección (ya se va a entender porque está en negrita), es ella, porque son muchas, pero es una sola, llega siempre a la noche, mi abuelo decía que iba a llover cuando pasaba, la corrección no es mala porque “pasa a limpiar todo” decían los adultos, no había cucaracha, araña, alacrán, lagartija o rana que se quedara cuando llegaba, porque se llevaba todo y pasaban de largo, no se quedaban, sólo había que dejarlas pasar. ¡A menos!... a menos que se encontraran con grasa, si esa manada, bandada o como se llame a un millar de hormigas negras que muerden, porque no pican, muerden, encontraba una sartén u olla con grasa olvidada en el horno de alguna cocina, no se iban hasta que la saquearan. Se las podía hacer cambiar de dirección con cenizas, pero la dirección no siempre era por tierra, la corrección camina por donde quiere, por las paredes, por los muebles, por la comida, por la ropa, por los humanitos de 7 y 8 años con muchos rulos que duermen en sus camitas, y andá a sacarte la corrección del cabello, andá a sacártelos de los rulos, la corrección es terror. Imagínense ser niñes y que te despierte el dolor de mil boquitas mordiendote, imagínense ver hormigas negras, negritas (que no se ofenda ningún yankee), diabólicas y carnívoras en la oreja de tu hermanito, en la época en la que en la tele pasaban una película de hormigas asesinas que dejaban los huesos de los humanos que agarraban, ¡imagínense! a la corrección se la respeta y se la evita, y ni gasten agua, porque el agua la pone más furiosa parece. Me acuerdo que después de muchos años de vivir en la ciudad llevé a mi novio a conocer el Teyú cuaré, y fui a la boca del lobo: a cruzarme y quedarme helada, ¡en pánico! porque tenía que pasar sobre una corrección, la corrección no se la deseo a nadie (bueno capaz que a alguno que a otro sí). Pero saben cuándo las aborrezco más, cuando se metieron con mis perros peluditos pobrecitos que no podían sacárselas de encima, no había otra que agarrar al perro y llevarlo a la ducha, contra todo pronóstico el agua y los pelos del perro las dejaba lentas y las podías sacar del pobre cuerpito que estaba siendo mordido sin cesar. 

En fin, al final del “pasillo” que era nuestra pieza había una puerta. La puerta que tenías que pasar y bajar un par de escalones y estabas en LA PIEZA, la pieza de mis padres era inmensa tenía una ventana (o puerta?) a la derecha y una persiana a la izquierda, bajo la cual después de mis 6 años se ubicó la cuna de mi segundo hermano, una persiana que cuando la abrías daba al césped del patio trasero, porque hay que acordarse que capaz ya estábamos un metro más abajo que la entrada de la casa, desde ese ventanal inmenso se veía la base del cítrico que estaba ahí nomás, se veían las otras plantas, se veía la calle que seguía a la casa de otra tía y se veía el teal, el teal que nunca dejaba de verse desde mi casa. LA pieza tenía una puerta al fondo, la puerta que daba AL LUGAR, el lugar más feliz de mi infancia, el patio trasero, un inmenso pero inmenso, (q cuando crecí y volví al lugar ya tomado por la naturaleza me di cuenta de que no era tan inmenso), pero era extenso, un hermoso patio con césped (de ahora en adelante, pasto) de hojas gruesas y anchas, verdecitas claro, con planta de paltas, mandarinas, nísperos, y mucho, mucho espacio para correr y jugar. Había tanto espacio que era el lugar donde se tendía la ropa a secar, ¿saben en qué se tendía la ropa? En alambres de púa, en uno de esos alambres de púa quedaron pedacitos de mis cachetes a los 9/10 años y dejaron una cicatriz que mis lentes hoy tapan. Ese era el patio de la izquierda, que daba al teal y al monte de las otras chacras, en este patio cerca del cambio de siglo, no sé si antes o después, mi papá construyó un corredor a la salida de la pieza, el corredor más hermoso del mundo, usen la imaginación y vean un corredor de machimbres, pino, bien amarillo, impolutos, sin barandas ni cercos en el cual te sentabas y veías toda una selva, mirando desde abajo para arriba veías pasto, verde hermoso, después una inmensa mandarina, después al fondo un limón, después más a la izquierda una palta y al fondo, después del tejido ya no distinguías todos los árboles que veías porque se abrazaban y camuflaban entre ellos, en las noches podías escuchar al Urutaú cantar lo que te daba el aviso que era la hora de ir adentro. Ese era el patio “limpio” de pasto verde y donde se colgaba la ropa porque daba mucho el sol. 

A la derecha, en bajada, no había tanto pasto, porque había tantas plantas de mandarinas, naranjas, paltas, nísperos, limones y otros que seguro me olvido, que no daba el sol y no había pasto, solo hojas que barrer y amontonarlas cerca del arroyo o tirarlas a la olla de basura que estaba alado de la casa de mi abuela.  

[...]

Johanna

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