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¿Qué merece ser conservado?

Aug 21, 2026

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¿Qué merece ser conservado?
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Con el auge de la inteligencia artificial se vuelve visible una tensión antigua de la política: defendemos la prudencia frente a ciertas transformaciones sociales mientras celebramos como progresos la destrucción acelerada de otras. El problema, quizás, no esté en la contradicción, sino en aquello que cada ideología decide considerar valioso. 

Existe un argumento recurrente dentro del pensamiento conservador cuya fuerza no debería menospreciarse. Las instituciones sociales son objetos considerablemente más complejos de lo que parecen. Casi nunca fueron diseñadas de una vez y para siempre, sus funciones exceden las razones explícitas que las justifican y, con frecuencia, contienen conocimientos acumulados durante generaciones que ninguno de sus miembros podría reconstruir individualmente. 

Edmund Burke convirtió esta intuición en uno de los fundamentos del conservadurismo moderno. Su crítica a la Revolución francesa no descansaba simplemente en una veneración del pasado, sino en la desconfianza hacia la pretensión de reconstruir racionalmente una sociedad entera como si las instituciones pudieran desmontarse y ensamblarse como si fuera un videojuego. Burke entendió perfectamente que aquello que existe puede contener razones que todavía no comprendemos.

Luego, Roger Scruton recuperó buena parte de esa tradición. Su defensa de las costumbres, la pertenencia, la nación y las formas heredadas de autoridad parte de una intuición semejante: una comunidad es una construcción histórica en la que se acumulan obligaciones, conocimientos y formas de reconocimiento que difícilmente puedan sustituirse de manera inmediata.

Que una institución nos parezca irracional no significa, por lo tanto, que carezca de función. Tampoco que podamos reemplazarla sin costos simplemente porque encontremos una alternativa aparentemente más eficiente. Por otro lado, es curioso comprobar con qué facilidad esta cautela desaparece cuando la transformación deja de presentarse como política y comienza a presentarse como económica o tecnológica.

Pensemos en la IA, y cómo esta tecnología vuelve particularmente visible esta tensión. 

Una inteligencia artificial transmite información con mayor rapidez que un docente. Eso demostraría que puede realizar una de sus tareas, pero no nos dice demasiado sobre la función social de un adulto exterior a la familia que exige, reconoce, corrige y participa en la incorporación del niño a una comunidad.

Un sistema de IA puede también producir textos informativos con enorme velocidad. De allí no se desprende que hayamos comprendido qué función cumple una profesión periodística sostenida sobre responsabilidades, reputaciones, procedimientos de verificación e instituciones que deben responder públicamente por aquello que publican.

Lo mismo puede ocurrir con médicos, abogados, artistas, comerciantes o trabajadores administrativos. La comparación tecnológica tiende a identificar una institución con aquellas tareas que pueden medirse y reproducirse. El riesgo consiste en confundir lo que podemos medir con todo aquello que la institución hace.

Entonces, detrás de tanto énfasis en el desarrollo se esconde una pregunta que no parece tan sencilla de responder: ¿qué función social cumple aquello que estamos pensando sustituir?

Conservación y destrucción creativa

De este modo, se pone de manifiesto una tensión profunda entre la sensibilidad conservadora, y la dinámica propia del capitalismo. 

Joseph Schumpeter nos muestra claramente esta concepción con su concepto de destrucción creativa. Para el economista austríaco, el capitalismo se desarrolla porque nuevas tecnologías, empresas y formas de organización desplazan continuamente a las anteriores. Desde el punto de vista económico, esta capacidad constituye una de sus mayores fuerzas, pero desde una sensibilidad conservadora debería ser, al mismo tiempo, motivo de preocupación.

Una plataforma puede sustituir al pequeño comercio. Una tecnología puede volver innecesario un oficio. Una comunidad puede perder su actividad económica central porque apareció una forma más eficiente de producir. Nada de esto requiere una revolución política y, sin embargo, sus efectos sociales suelen ser profundamente revolucionarios.

Marx ya lo había advertido mucho antes de sus posteriores defensores. En el Manifiesto comunista, la burguesía aparece como una clase obligada a revolucionar permanentemente los instrumentos de producción y, con ellos, las relaciones sociales. El capitalismo no conserva espontáneamente las formas heredadas: las somete continuamente a las necesidades de su propia reproducción.

Existe entonces una ironía difícil de ignorar. Podemos desconfiar de quien pretende transformar una institución porque la considera injusta y, al mismo tiempo, aceptar con bastante naturalidad su desaparición cuando alguien demuestra que resulta económicamente ineficiente. Las razones son diferentes, pero la ruptura es igualmente profunda.

Scruton comprendió parte de este problema y por eso nunca fue un defensor irrestricto del mercado. Una sociedad necesita libertad económica y propiedad, pero necesita también instituciones y vínculos que el mercado no necesariamente puede producir por sí mismo. 

Desde una tradición completamente distinta, Karl Polanyi, en su libro La Gran Transformación cuestionó la idea de una economía autónoma respecto de la sociedad y mostró cómo la expansión del mercado podía reorganizar relaciones que antes estaban insertas en estructuras comunitarias, políticas y culturales.

Una profesión, desde esta perspectiva no es únicamente una suma de tareas. Tampoco un barrio es una distribución de propiedades. Ni la universidad es simplemente un proveedor de credenciales ni un hospital una unidad de prestación de servicios. Todas esas instituciones generan relaciones cuyo valor difícilmente aparezca completo en un cálculo de productividad.

Tampoco es que la contradicción pertenezca exclusivamente a lo que categorizamos coloquialmente como la derecha. La izquierda también defiende determinadas comunidades frente a la destrucción provocada por el mercado y, al mismo tiempo, observa otras instituciones históricas principalmente como formas de dominación cuya transformación es indispensable. Ninguna tradición política está libre de esta selección.

En alguna medida, esto es inevitable. Conservarlo todo significaría inmovilizar una sociedad; transformarlo todo impediría que pudiera acumular instituciones, costumbres o experiencias. La política existe precisamente porque hay que decidir qué merece continuidad y qué necesita ser modificado.

Y aquí está uno de los ejes de la cuestión: El problema comienza cuando esa selección deja de reconocerse como una decisión política y se presenta como consecuencia necesaria de principios aparentemente universales.

Una posición puede exigir extrema prudencia frente a la transformación de la familia porque se trata de una institución históricamente compleja y aceptar, al mismo tiempo, la desaparición acelerada de comunidades laborales porque el mercado encontró otra forma de producir. Otra puede reclamar protección para esas comunidades y considerar irrelevante la antigüedad de instituciones culturales o formas tradicionales de autoridad.

En ambos casos, la prudencia funciona de manera selectiva, y de nuevo, probablemente, atada a intereses prácticos y/o individuales.

La inteligencia artificial resulta interesante precisamente porque obliga a hacer más visible esa selección. Una tecnología desarrollada por un número relativamente reducido de empresas puede alterar simultáneamente el mercado laboral, la educación, la producción cultural y numerosas profesiones intelectuales. No conocemos todavía todas sus consecuencias ni sabemos con claridad qué funciones no evidentes cumplen muchas de las instituciones que podría transformar.

Una sensibilidad genuinamente burkeana debería sentirse incómoda ante semejante situación. Debería pedir gradualidad, experimentación, evaluación de consecuencias imprevistas y cautela frente a transformaciones difíciles de revertir.

Sin embargo, una parte importante del discurso contemporáneo sobre tecnología utiliza el lenguaje contrario. La disrupción aparece como una virtud, la resistencia como atraso y las consecuencias sociales como dificultades que podrán resolverse después.

Además, todo esto ocurre en plena competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, un marco geopolítico que condiciona inevitablemente las decisiones políticas sobre el desarrollo de la IA.

Pero quizá sea demasiado sencillo interpretar estas tensiones como mera hipocresía. Los seres humanos sostenemos compromisos contradictorios y las ideologías no eliminan esas contradicciones: las ordenan, les asignan prioridades y establecen qué costos parecen aceptables, o dicho de otra manera: toda ideología posee una teoría implícita de la pérdida aceptable. 

Por eso puede resultar más revelador interrogar una posición política no sólo por los principios que proclama, sino por los momentos en que decide aplicarlos. ¿Ante qué transformaciones exige prudencia y frente a cuáles reclama velocidad? ¿Qué instituciones merecen ser comprendidas antes de ser modificadas? ¿Cuáles pueden sacrificarse en nombre de la eficiencia, la igualdad, la libertad, la innovación o el progreso?

Las respuestas dicen bastante sobre aquello que una ideología considera verdaderamente valioso porque a fin de cuentas, las sociedades siempre cambian. Algunas instituciones desaparecen y otras ocupan su lugar. 

La verdadera disputa quizá no se encuentre solamente en aquello que cada posición pretende construir o conservar, sino también en aquello que está dispuesta a perder. En otros términos: 

¿Qué nos dice esa selección sobre los intereses, valores y relaciones de poder que existen detrás de aquello que llamamos tradición, progreso, libertad o necesidad?

Bibliografía

  • Burke, Edmund. Reflections on the Revolution in France (1790).

  • Marx, Karl y Friedrich Engels. Manifesto of the Communist Party (1848).

  • Polanyi, Karl. The Great Transformation (1944).

  • Schumpeter, Joseph A. Capitalism, Socialism and Democracy (1942).

  • Scruton, Roger. The Meaning of Conservatism (1980).

  • Scruton, Roger. How to Be a Conservative (2014).||

Ernesto Facundo Pastrana

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