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Que la muerte me encuentre viva

Ruslana

Jun 6, 2026

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Que la muerte me encuentre viva
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Pasé mucho tiempo viviendo en otra realidad. Una que parecía completamente descolocada de mi cuerpo. Si, todo a mi alrededor era familiar pero a la vez desconocido. Los días pasaban con una rapidéz difícil de replicar. Era abrir los ojos por la mañana solo para esperar volverlos a cerrar de noche. Y así sucesivamente. 30 años pasaron de esa manera. Creando recuerdos que se desvanecían en el fondo de mi cabeza sin darme cuenta. Muy pocas cosas puedo rememorar. Algunas felices, las otras no tanto. Lo que más duele es que, posiblemente las más importantes, no están. Como mi primer día de clases, la primera vez que dije "te amo", el día que conocí a mis mejores amigos, cuando tomé la decisión de mudarme de la casa de mis padres. Esas cosas, por más que busque, rebusque, revuelva, desordene, me hunda en el fondo, no puedo rescatarlas. Es como si una nube gigante las hubiera absorbido por completo dejandome solo con la certeza de que sucedieron pero sin entender el cómo. Pienso en eso seguido. ¿Cómo puede ser que haya borrado las partes más importantes de mi vida? Quizás fue la ansiedad, quizás fue siempre el querer estar viviendo otra cosa en ese momento que ese mismo momento. Sea cual fuera el motivo de la ausencia en la presencia, hace un año decidí que las cosas deberían ser diferentes y puse mucho empeño en tratar de grabar a fuego aquello que considerara de importancia para tener buenas anécdotas para contarle a mis nietos, si alguna vez los tengo. Algo que mi psicóloga me recuerda constantemente es: "Vivir en el presente". Es difícil cuando todo al rededor parece sugerirte lo contrario. Las obligaciones; la rutina; la política y la economía que asfixian cada vez más; lo que falta; el hambre no saciado; las oportunidades perdidas por falta del peso; las redes sociales, o mejor dicho, internet en general; la comparación constante; el deseo de ser alguien más. La lista interminable de cosas que llenan la mente de ruido, de interferencias, de preguntas sin respuestas que solo generan malestar y confusión y que hacen que uno olvide que la vida se vive viviéndola. Elevar la antena lo suficiente como para que alcance aire límpio y así pueda receptar otra cosa que oscuridad. Todo esta reflexión que me despertó temprano en esta mañana brumosa en Buenos Aires se maceró en sueños después de una noche de dolor. No fui fanática de Los Redondos, si soy honesta, casi nunca elegí por voluntad propia escuchar alguno de sus discos. No seguía al Indio Solari. Sin embargo, su muerte abrió una puerta. Una dorada. Y detrás de ella encontré sabiduría y pasión. Anoche, tras la noticia de su fallecimiento, después de una jornada laboral cargada de nostalgia y mensajes sobre su repentina muerte, todo lo que no había leído, escuchado o visto sobre él, cayó sobre mí como un alúd y me baño con un barro sanador que actuó en sueños y me despertó siendo ¿otra? No. Me despertó diferente sí, pero con más ganas que nunca de ser yo. De vivír mi vida, de recordar cada segundo de ella, de aprender de todas las cosas. Una yo curiosa, incluso más curiosa que antes, con hambre de pueblo, de dejar una marca por más pequeña que sea, de trascendencia. Me desperté con más ganas de ser humana que nunca en medio de un mundo dominado por la inteligencia artificial, y más errónea y pasional que nunca en medio de frivolidad, desamor y avaricia. Los recuerdos son mercancía, una que no se puede comprar pero si se puede compartir. Y, desde este día, haré de mi vida la misión de llenar mis bolsilos de ellos para repartirlos en manojos, como caramelos, cuando mi piel sea un mapa de la edad, mi pelo un enriedo blanco de amoríos, mi espalda el soporte y el grito de dolor placentero de todas las calles que recorrí y los recitales donde salté. Ese es el legado que quiero dejar: el de una vida bien vivida.

Ruslana

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