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¡Que la imaginación no decaiga!

Sep 4, 2026

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¡Que la imaginación no decaiga!
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Esto no es un poema de desamor, les aviso para ahorrarles el viaje, como nunca se leen otros textos que no sean de corazones rotos salvajes...
No quiero llegar a ningun lado con esto, simplemente me andan temblando un poco los dedos, quieren escribir pero la mente no coopera, las neuronas están haciendo un laburo abismal para hacer una sinapsis que haga caer una idea, pero las ideas no son gotas de agua, no son macetas de terraza, las ideas son peces, de diferentes tamaños, de diferentes colores, que nadan por el mar de aguas cefalorraquídeas, hay que pescarlas y ni siquiera para comerlas, sino para admirarlas. Hay que nutrirse de buenas carnadas que las atraigan, todo puede ser carnada, no le hacen asco a nada. Lo unico que no pueden tragar son las hojuelas de pensamientos intrusivos, esas las envenenan, se vuelven oscuras y enferman.

Cuando era chica me obsesionaban las canoplas, o las cartucheras si no hablan santafecino. Muy con la mente en toy story pensaba que todo dentro de ellas cuando se cerraban cobraban vida, si podía hacerlo un juguete ¿Por qué no lo podría una escuadra? Igual las escuadras no entran en las canoplas, o cartucheras si no hablan santafecino, pero me gusta esa palabra, se me hizo que iba a quedar bien.
Siempre tuve mucha fijación con los útiles escolares, a todo le encontraba una forma, una manera de ser, una manera de existir, más allá de su uso regular, los compás eran bailarinas, las reglas toboganes, los transportadores un barco y si nos ponemos perpicaces los compaces son esenciales en la danza, los barcos transportan y la mayoría de los toboganes son rectos y de varias medidas. Con eso me divertía, tiempo después entendí que la palabra era dispersaba, pero yo me divertía dispersandome así en la escuela, por eso nunca me aprendí los números romanos.
Tal era mi obsesión que un día escribí un cuento sobre un universo que era una canopla, o una cartuchera bueno ya sabén a lo que voy, y todos los útiles convivían. Había personas de fibras, de crayones, de lápices de colores, había mestizaje, gomas y sacapuntas eran animales las casas eran las carpetas, los muebles de papel y cada quien los pintaba a su antojo. El agua era de pintura, todo se arreglaba con grapas y cintas, las tijeras eran policías, las lapiceras eran astronautas que no podían quitarse su capuchón o morían y obvio que había cocacola, era la tinta.
En el cuento no pasaba nada, o recuerdo, era la vida misma y la vida misma es bastante insípida, se trabaja, se come, se pagan las deudas y así se reinicia día a día. Sólo describí el universo, nunca ninguna travesía. Es que siendo sincera es una idea bastante insulsa, sin embargo pescarla y contenplarla sirvió para la diversión de ese día y aca me rescato y retracto y digo en realidad la vida no es toda insulsa, aquello extra que nos queda depende de un poco de nosotros para pintarnos de vez en cuando una alegria. Pero que difícil que está pescar hoy en día, si nos sentimos viviendo un apocalipsis constante donde todo a nuestro alreededor se desmorona.
Está muy difícil pescar, no hay paciencia, las carnadas parecen galletas de arroz, los peces se nos cagan de risa, las luces de los celulares los auyentan porque los incandilan.
Me gustaría tener un celular de tapita, nunca tuve uno, comprarme un pack de 5mil mensajes y gastarmelos con quien me gusta, gastarlos en pactar planes con mis amigas, vernos a las caras, reirnos, disfrutar realmente el día. Mandar emojis de caracteres, mi favoríto es este D:, está al revés como yo, había que usar más la imaginación.
Armemos un gremio, hagamos pancartas, que vuelvan los peces al río de nuestros cesos, que la imaginación no decaiga.

El pequenio chip

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