I.
Qué gesto más amable del destino haberte conducido a mi puerto.
Lo admito,me acostumbré a no esperar que llegara
nada,
o peor aún, a que llegara lo peor.
lI.
Y ahora me encuentro en la ribera,
con deseos de verte,
de rodearte con mis brazos,
de perderme en vos entre risas y llanto.
Porque sos mio,
y mis manos nunca sostuvieron tanta
ternura antes.
III.
No lo creería si no lo palpara,
si al tocarte no te sintiera.
IV.
Qué hermoso estrago me regaló la vida.
Ahora quiero tu modo de mirar todo el día.
Deshacerme en el centro de tu sensibilidad,
embriagarme de tu boca,
de tus risas que ablandan mi presente,
de tus lunares bajo mi lengua,
de tenerte por completo mío.
V.
Dejarle al tiempo nuestro recuerdo,
como aquel día en que sembremos el jardín,
y mi mano en la tuya,
plantando una flor.
Ser como esos árboles viejos,
que uno al lado del otro permanecen eternos.
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