mobile isologo
buscar...

¡Qué ganas de...

Abr 13, 2025

90
¡Qué ganas de...
Empieza a escribir gratis en quaderno

Caminaba Martín por las calles de su barrio, enojado, debatiendo con su ética y moral en partes iguales (en voz alta, por cierto).

La gente lo miraba de reojo; las madres les tapaban los oídos a sus hijos y apuraban el paso. No querían que lo tomaran de ejemplo, pues lo que Martín deseaba y anhelaba con todo su ser estaba mal. Pero ¿por qué estaba mal? ¿Quién dice qué está mal y qué está bien? Esas mismas preguntas argumentaba y cuestionaba el atormentado en su discusión mental.

Cruzaba las calles sin mirar a los lados, gesticulando enormemente y arrojando los brazos en todas direcciones. Varias veces casi fue atropellado por accidente.

De pronto se detuvo en seco, hizo caso omiso a sus voces y su mirada se clavó en un punto fijo: una paloma. Ésta parecía desafiarlo, meneando la cabeza y manteniendo un contacto visual constante. Martín hizo su mejor esfuerzo por ignorarla y giró en la esquina, evitándola, para así no cometer aquel crimen atroz.

Anduvo sin rumbo alguno entre cordones y baldosas, hasta que pasó —sin querer— por el frente de una tienda de mascotas, en cuyas paredes decenas de pajaritos enjaulados entonaban una asimétrica melodía.

—¡No! —gritó adolorido—. Debo resistir —prosiguió, cada vez más incapaz de contener sus impulsos. Necesitaba hacerlo; de lo contrario, quién sabe qué.

Mientras más tiempo pasaba, más se acentuaban los sonidos de las aves en su mente. Un sexto sentido especializado en oírlas se desarrollaba rápidamente en su ser.

Inevitablemente, Martín explotó.

—¡Qué ganas de revolear un pájaro! —exclamó a todo pulmón.

Un silencio indignante penetró en la ciudad. El aire se espesó de pronto. Las personas que lo oyeron denotaron escándalo. Ahora era sabido, Martín era culpable del deseo prohibido.

Casi mágicamente fue rodeado por pájaros de todas las especies. Cantaban, volaban, graznaban, revoloteaban y reían, tentándolo.

Finalmente no pudo contenerse más. Tomó al primero que tuvo al alcance y lo apretó con fuerza. Sintió las vértebras del animal crujir, la suavidad de sus plumas entre los dedos y los leves y resignados intentos de liberación. Tensó el brazo lo más que pudo, infló sus pulmones y arrojó al inocente contra un paredón no muy lejano. Instantáneamente, sintió un gran alivio en todo su ser, pero su alma se volvió la más pesada de todas.

Incluso el mismo diablo se repugnó ante tal acto. Tanto las puertas del infierno como las escaleras al cielo le fueron clausuradas. Y así, su espíritu fue condenado a vagar durante toda la eternidad, sin descanso, por haber cometido el acto de máxima culpabilidad.

El pecado peor: revolear un pájaro.

Jeremías Guedes

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión