Siempre supe que la salida era esa puerta interior que separaba mi casa de la suya, una suerte de cordón umbilical que me permitía fugarme del mundo hacia el territorio de ella. Tendría yo tres o cuatro años cuando mis pasos aprendieron ese tránsito. Después, el tedio de los adultos decidió que la clausura era necesaria y levantaron una pared de ladrillos, naranja y definitiva; pero no entendieron que hay muros que nacen muertos. Yo seguía yendo, sorteando el cemento, buscando esa grieta invisible que nos mantenía unidos al grito agudo de "tía, ti".
Los sábados en la peluquería de Zabala tenían la densidad de un sueño de media tarde. El aire estaba saturado por una mezcla espesa de spray para el pelo y café recién hecho, una atmósfera que se te pegaba a la ropa como un destino. Me gustaba bajar al cuartito subterráneo, ese búnker de paredes pálidas, donde ella guardaba todas las tinturas del mundo; un inventario de colores que prometían una belleza que la vida de afuera nos negaba. Al mediodía, el ritual era breve y exacto: empanadas de verdura, consumidas bajo la luz vacilante de ese refugio.
Pero la desgracia tiene una forma estúpida de presentarse. La veo todavía, con el aerosol de Raid en la mano, persiguiendo el camino invisible de las hormigas hasta que el cuerpo le falló. Cayó contra el suelo y el rojo de su sangre contra las baldosas fue el primer miedo absoluto, un tajo en mi propia existencia. Verla romperse fue descubrir que los salvadores también están hechos de vidrio. El alivio de su regreso del hospital fue una tregua que el destino me concedió, antes de que el invierno se instalara para siempre.
Ella fue el muro contra el que se estrellaba el monstruo. Nunca pudo doblegarla y cuando, con esa furia de lo que no tiene nombre, venía a buscarme a mí, ella abría la puerta de su casa para encerrarme en una seguridad de la que carecía mi propio hogar. Me contuvo en el silencio de sus sillones y me dijo la verdad con esa crueldad mansa de quienes ya no esperan nada de nadie: "Van a defenderlo siempre a él, porque es su hijo".
Allí mismo, a los doce años, fui por primera vez yo mismo; le conté quién era, le solté mi identidad como quien entrega un arma cargada, y ella se limitó a ser el primer testigo de mi vida, sin juzgar, solo estando.
La casa de ella se volvió mi geografía necesaria. Allí estudié toda la carrera, rodeado de un silencio que solo se interrumpía por los ruidos de la cocina, esos ruidos que eran siempre iguales, una música de platos y pasos que me avisaban que el mundo seguía en su lugar. Llevé a mi esposa cuando apenas nos conocíamos, como quien carga un diamante sobre un almohadón de terciopelo, porque sabía que ese espacio era el único que podía bendecir lo que era auténtico.
En los últimos años, la casa se pobló de una corte de seis caniches que la escoltaban sin cansancio: los blancos siempre adelante, como pequeñas esferas de algodón inquietas; los negros detrás, esperando que los alfas marquen el ritmo; y el gris siempre a destiempo.
En esa última visita, mientras comíamos su arroz con azafrán y verduras, tuve que decirle mi renuncia: por culpa de aquel monstruo, yo no volvería a pisar ese lugar. Ella me miró con sus ojos cansados y me habló de un legado imposible: “El tío quería que vos te quedaras con todo esto”. Pero las paredes no se pueden heredar cuando el aire está envenenado.
Se fue con la ironía de un cuento mal escrito: la casa velatoria tenía una peluquería en la esquina, una burla final del paisaje urbano. Con ella se fueron los últimos restos de mi infancia.
Miro ahora estas escenas y otras en mi memoria y comprendo mi única ambición. Algún día, cuando sea un viejo rodeado de sombras, quiero ser yo esa casa, quiero ser yo ese rincón de alivio y café, el lugar seguro donde alguien pueda refugiarse de sus propios monstruos.
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