Punto y coma
Dec 11, 2025
Desde aquella tarde, hace un par de semanas, en que la escuché llorar por alguien que no era yo, quedó una grieta silenciosa dentro de mí. Desde entonces camino con una sombra encima, un peso que no hace ruido pero que insiste. Algunos días siento que el ánimo se me deshilacha, como si la vida se deshiciera por los bordes y yo misma empezara a perder contorno.
A veces imagino un contador invisible marcando el retroceso de aquello que alguna vez llamé nosotras. Segundos en negativo, como si esa palabra hubiese sido apenas un espejismo que solo yo pude ver. Y en medio de todo aparece una pregunta que no deja de morder, por qué despertar tanta ternura en mí para, un año después, ofrecer solo unos minutos, un par de días a la semana, sin ser nunca la una para la otra.
Ahora no sé cómo marcharme. Cómo se suelta lo único que se quiere con tanta claridad. Hay días en que el dolor se vuelve un animal quieto dentro del pecho y, por más que pregunto por qué duele así, nunca responde.
Miro la pared y solo encuentro desasosiego. Un nudo se ata a cada extremo de la garganta. Llueve con tanta insistencia que a veces siento que ya no sé respirar sin que algo en mí gotee, como si las ventanas del alma estuvieran siempre empañadas por dentro. Y en medio de esa humedad que no cesa surge una pregunta áspera que no logro callar, de verdad me merezco hacerme todo esto.
Entonces aparece la culpa, esa que intento cargar aun sabiendo que no me pertenece. No es mía. No puedo responsabilizarme por haber llegado tarde, porque nadie llega tarde a un destino que jamás estuvo escrito. Llegamos cuando teníamos que llegar, cada una con su propio tiempo y sus propias fracturas.
A veces intento consolarme imaginando que tal vez, en algún rincón secreto, piense en mí como la que se le escapó. Pero la verdad es otra, más punzante. Tengo que reconciliarme con que en su vida apenas fui un rayo fugaz de verano, una luz que se apaga antes de que alguien logre acostumbrarse a ella.
Mientras tanto ella, su nombre, su voz, sus ojos, su ser, me cala entera como una lluvia fina que insiste hasta convertirse en estación.
Desde aquella misma tarde entendí que nunca fue mía, ni lo será. Pero aparece la pregunta que me desgarra con más precisión que cualquier certeza, cómo marcharme cuando sigo sintiéndome enteramente suya. Lidiar con la tristeza se vuelve lo único que permanece, la única materia que puedo sostener sin que se me deshaga entre los dedos.
A veces pienso que quizá deba dejar que algo en mí se rompa del todo, como si así pudiera por fin soltar. Porque lo cierto es que ya no quiero a nadie más. Solo deseo rendirme ante lo que he evitado tanto tiempo.
Para qué imaginar matrimonio, hijos, una vida trazada a dos voces, si nada de eso lo quiere conmigo. Para qué sostener el corazón entre las manos si ella no tiene intención de tomarlo. Hay deseos que una guarda como promesas, pero cuando la otra no los mira, se vuelven peso, una forma silenciosa de desvelarse.
No puedo pedirle a alguien que ya encontró su hogar, su refugio y lugar donde quiere quedarse, que sienta la calidez de la comodidad de mi pecho. No se trata de convencerla de que soy lo que quiere. Se trata de que ella también lo sienta. No puedo obligarla a caminar dos vías a la vez.
Pero tampoco puede pedirme que me quede, no así, no sabiendo que yo iría hasta el borde del universo con tal de verla sonreír.
Tal vez haya reproches, claro, pero de qué serviría llenarla de regalos que no dicen nada o de flores que tendría que atribuir a alguien más. De qué sirve seguir mintiendo sobre mi nombre, aceptar ser un fantasma en su vida, un chat archivado, algo que se borra sin dejar huella. No. Es que duele.
Y al final, todo se reduce a hacer lo que más me rompe, dar el paso que nunca quise dar. Porque yo ya me había inventado una vida con ella. No era un sueño pasajero; era una casa entera levantada con sus gestos, con sus maneras de mirar, con la forma en que su nombre resonaba en mi cabeza cuando imaginaba un futuro. Ya había puesto su risa en la mesa del comedor, sus manos en los domingos, su cansancio reposando sobre mi hombro al final del día. Ya me había imaginado su piel junto a la mía en noches de intimidad compartida, susurros y calor, la cercanía que nos hacía sentir completas. Había visto viajes que no existen, fotografías que nunca tomamos, mañanas diciéndonos buenos días que jamás van a llegar.
Está bien que duela. No me despido solo de ella, me despido de una vida completa que tenía su olor y su calor, todo lo que había creído posible a su lado.
Y aun con todo ese mundo que construí a ciegas, me toca hacer lo que no quiero. Irme no porque el deseo me empuje, sino porque quedarme sería quedarme esperando un amor que no va a mirarme de vuelta. Es un desgarro lento, como arrancarse una parte del cuerpo que aprendió a vivir pegada a ti.
Fui ingenua al creer que nunca tendría que soltar esto, que al final la balanza se inclinaría hacia mí, que los dioses, apenas un susurro en su silencio, me mirarían y me concederían lo que tanto anhelé. Creí que con ella la historia tendría sentido, continuidad, un hogar. Me equivoqué. Y aceptar esa equivocación es, quizás, lo más cruel que estoy atravesando.
Así que me voy con las manos vacías, con todo el amor que aún le guardo y con el futuro que solo existió en mi imaginación. Me voy con la certeza de que nada en mí quiere hacerlo, pero todo en mí necesita dejar de morir de a poco. Me voy porque no puedo seguir esperando que un día voltee a verme como yo la miré desde el instante en que mi corazón se estremeció con un simple hola, después de tantos hola que nunca habían significado nada hasta ese momento.
A veces perder es una forma extraña de ganar, o eso intento creer. Y si pudiera consolarme imaginando que quizá en otra vida sí nos alcance el tiempo, sería una forma dulce de cerrar lo que aquí quedó abierto. Pero solo tenemos una vida, apenas un suspiro en el universo, y nosotras, lamentablemente, fuimos un punto y coma, no el punto final que yo deseé con toda mi esperanza.
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