Es raro cómo alguien puede volverse costumbre sin haber prometido nada. Como si una parte del día quedara suspendida esperando una señal mínima: un nombre que aparece, una reacción, cualquier gesto pequeño capaz de justificar toda la atención que se le dio.
Y mientras tanto, la vida sigue pasando en otros lados. Las canciones cambian, la gente entra y sale, las tardes terminan igual aunque esa persona no aparezca nunca.
Supongo que ahí está lo más absurdo de todo: esperar algo de alguien que jamás pidió ser esperado. Quedarse mirando una puerta que probablemente ni siquiera sabía que estaba abierta.
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