Salir del dormitorio y encontrar una hoja –verde o amarilla– bajo la puerta, es como recibir una carta del mundo: ¡Te invito esta tarde a mi cumpledía!; ¡habrá payapájaros, malababrisas, mimosombras y el gran-magocielo dará cierre a la fiesta con un show impresionante! ¡Te espero!
Al asomarme, la expectativa se hace polvo en un segundo: sobre escaleras metálicas, hombres con cascos amarillos restauran los cables que parecen sostener las calles de la ciudad como si fueran puentes colgantes. Otros obreros se empeñan en extraer con un taladro un hueso roto del asfalto y el dolor es reflejado en los rostros de los transeúntes.
Desde un nido de hornero abandonado, el Yo-poético contempla el mundo y escribe sus pensamientos estrepitosos en silencio.
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