Las noches en esta ciudad
son un agujero negro
donde los poetas se pudren
y las putas tienen los ojos de Dios.
La encontré en un bar de San Telmo,
casi etérea,
como un humo que no se deja atrapar.
Se llamaba Psique
y tenía el corazón lleno de ruinas.
Pedí un whisky doble
y me quedé mirándola
como si todavía creyera en el amor,
como si no me hubiera largado
de casa hace siglos
porque mamá Afrodita nunca estuvo de acuerdo
con las chicas de los barrios.
Psique hablaba de sueños,
de almas,
del sentido de las cosas.
Yo solo quería bajarla a la realidad,
a la mugre de esta ciudad
donde el amor se vende por hora
y los dioses ya no tienen altares
sino habitaciones de hotel barato.
Me seguía,
ciega,
como si aún creyera en las promesas.
Pero las promesas no pagan el alquiler
y yo nunca fui bueno en ser eterno.
Le dije que no preguntara.
Que no tratara de ver mi cara
cuando caía la noche
y el humo de los colectivos
se mezclaba con la desesperanza.
Pero ella lo hizo.
Ella siempre lo hace.
Abrió los ojos en la madrugada
y me vio como soy:
un hijo de puta con alas rotas,
un dios con resaca,
un hombre que nunca supo querer
porque su madre le enseñó que el amor
es un truco barato.
Psique lloró un poco
y después se fue.
Las mujeres siempre hacen lo mismo
cuando entienden que la eternidad
es solo otra forma de la condena.
Encendí un cigarrillo,
pagué la cuenta
y caminé por Corrientes
como si Buenos Aires fuera el Olimpo
y yo,
el dios más triste de todos.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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