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June XIV

Sep 27, 2025

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A veces, esas imágenes tuyas me atestan de golpe cuando no estoy haciendo nada para invocarlas. Se retuercen en un infinito rito de obsesión cuya única sinfonía acalla el silencio de mi deseo. Te recuerdo y me costó comprenderlo. Sin embargo, me abrumó profundamente. Recuerdo las palabras que intenté encontrar, esas frases que no parecían extraídas de un manual. Eran diferentes, sustanciales, buscándole más allá del significado. Se sintió místico, especial, de tal modo que me hacía sentir asqueado de no poder apartar los ojos cuando reconocí la belleza.

Entonces te ví.

No iba a tranquilizarme. Tenía mis derechos. ¿Por qué iba huir cuando yo sabía que ese dios ausente no iba a salvarnos? ¿Por qué iba a silenciarme como si me preocupara por las consecuencias y lo que podría salir mal? Yo no soy así. Sin embargo, era doloroso abrir para extraer y exponer todo lo que guardaba en mi interior. Mis órganos ardían. Mi corazón golpeaba, duro y profundo. Dolía hasta el punto que decía que ya era horade darle fin a la infinita agonía, de esa que nadie entiende, que nadie ve ni se atreve a nombrar, entonces, me lo permití. Lo hice. Tenía que hacerlo. Era un llamado. No era casualidad.

Alguien había escuchado.

No había reaccionado así hacía mucho tiempo, pero era cuestión de esperar a que sucediera. Yo era muy exigente conmigo mismo. Me daba unas órdenes que tenía que cumplir. Sí, habían lecciones, puras y duras que me condujeron a un deseo más profundo, un impulso reprimido, dulce, visceral y destructivo. Tenía que verte y fue como decirte: lo pides lo tienes. Lo que quiero siempre termina frente a mí. Me quieres, te lo daré, sólo pídelo, por favor. Me gusta satisfacer. Soy un maestro en cumplir deseos.

Fue sorprendente. Había ciertas partes de mí que no conocía, pero que morían por salir a la luz. Entraste y se abrió todo en mí sin permiso. Lo hiciste, fue como si me manosearas el alma, ignorando el fuego, arriesgando tu vida, abriendo camino hacía el cielo dentro de mí. Cuando estuviste frente a mí, fue como un completo mar desconocido.

¿A qué le temías? Yo no estaba asustado. ¿Me temías a mí? Yo sabía nadar, no iba a ahogarme. ¿Quién me sostiene en esto? - Nadie.

Sólo yo. Joder, siempre fui yo.

No dije más nada, por mucho tiempo, ¿por qué querrían escucharlo? Después de eso, pasaba horas lidiando con esperanzas huecas, tratando de salir de la inmundicia que se interponía en mis lentes oscuros. Veía a toda la humanidad, su juicio silencioso, encerrados en sus mentes, con aquellas almas corruptas esperando ser bombardeadas por mí en plena vía pública. El odio que se proclamaba como mi propio Dios, sin embargo yo soy mi propio Dios, y así siempre fue, pero poco a poco se me fue todo yendo de las manos cuando descubrí algo trascendente.

Fue como redescubrir la inocencia, la pureza, lo indestructible y lo contradictorio, lo que yo siempre deseé, lo que siempre estuvo delante de mí: las medidas exactas talladas por los ángeles que podía ver esa alma a la que quería llegar. Un corazón puro. Yo quería sentir cada uno de los latidos. Oh, como quisiera entregarme a él. Sabía que iba a suceder tarde o temprano. Mis fantasías estaban siendo materializadas y yo me volvía loco. Lo quería, diablos que sí. Desearía arrepentirme, pero no pude. Me gustaba, pero yo estaba demasiado sucio. Demasiado cargado. Demasiado excitado.

De repente, la tentación. El golpe de éxtasis. El divino néctar masculino. Una correntada en mi torrente como miles de chispazos acelerados, uno tras otro, sin dejar descanso al anterior. Quería introducirme, vaciarlo, y darle todo de mí. Él me lo estaba dando todo. Te reconocí. Tú me viste a mí. La descarga, la sinapsis que no da tiempo a tu mente de esclarecer todo. Me iluminé. Estaba cegado. Totalmente rendido. Hasta que al buscarlo al día siguiente, él ya no estaba. Mi cuerpo me temblaba. Suspiraba el anhelo. Me había enloquecido.

Me había despertado.

Pero ya había vuelta atrás. ¿Y tenía que retirarme sin reclamar? ¿Te atreves a dejarme así? Joder. No había reembolso, no había manera de acceder de nuevo. No puedes decirme que eres insuficiente. Deja de decir que no lo mereces. Deja esas tonterías. No eres una puta. Me enfadé. Podía sentir mi tormenta y me desesperé. Se serpenteaba desde mis raíces, todo se volvía rojo, me embriagué del olor a sangre. Recordé cómo se sintió, como se puso delante mío. Finalmente había probado la carne, me había gustado y ya no la tenía, la necesitaba de nuevo, pero no se trataba de eso. No era sexo. No era una mierda casual. Yo lo sentí. Sé que tú también. Yo no podía morir de nuevo, no es este estado. No quería enfrentarme de nuevo a la muerte, no ahora, no. No ahora que lo puedes tener todo, que yo puedo darte todo.

Ahora había algo más en mí. Sentía algo inexplicable bombeando como veneno, mientras que al mismo tiempo algo oscuro, invisible y perverso me sonreía en la sombra, testigo de mi dolor... se burlaba de mí, mientras yo luchaba por mantener mis impulsos, yo me retorcía. Reía, lloraba, en un ciclo de locura silenciosa, me convertí en el bastardo más feliz del mundo, pero tampoco podía engañarme a mí mismo. Lo necesitaba. Era más grande que yo. Que todas mis ganas de destruir esta ciudad. Había algo más gestándose... me llamaba y me decía con total franqueza: sí, sí, es por aquí. Tómalo y no lo sueltes.

Pero yo sabía lo que era. No tenía que ser un secreto, clandestino y carnal. No podía dejar acumulándose dentro de mí. Aclamaba por mi llamado, imploraba atención. Sé que estás llámandome, y estás igual que yo.

Lo que yo sentí fue amor.

June XIV

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