Yo te amaba.
Y no hay forma limpia
de decirlo ahora
no hay manera
de pronunciarlo
sin que algo
se me rompa en la boca,
sin que el recuerdo
me sepa a hierro,
a herida abierta,
a algo
que ya no debería estar vivo
y sin embargo respira.
Yo te amaba
con intensidad
con devoción
que no era ligera,
con esa forma
torpe
y brutal
de quien no sabe
amar a medias.
Porque tu cuerpo
no era un cuerpo.
Era sagrado.
Era religión.
Era catedral.
Era el único lugar
donde el caos
hacía silencio,
donde mi cabeza
dejaba de gritar,
donde el mundo
—por un instante—
no dolía tanto.
Te tocaba
con la misma delicadeza
de quien entra
a un templo en ruinas
con cuidado
de no pisar los restos,
con miedo de derrumbar
lo poco que quedaba,
con el respeto
de quien sabe
que está tocando algo
que sobrevivió demasiado.
algo bello
algo delicado
No te tocaba por deseo.
Te tocaba con memoria.
con la piel atenta
a cada reacción,
con el alma inclinada
como si cada centímetro de ti
mereciera ser entendido.
Las cicatrices de tu pecho…
De tus brazos
De tus piernas
Dios..
cómo odiabas esas cicatrices.
las escondías,
las negabas,
como si fueran la prueba
de que algo en ti
nunca estuvo bien.
Las tratabas como si fueran errores
que alguien olvidó borrar.
Y yo las recorría despacio,
como si fueran
un idioma antiguo,
como si en cada marca
hubiera un pedazo de verdad
que tú no querías decir en voz alta.
Las besaba
como si el amor
pudiera reescribir la carne,
como si pudiera borrar
todo lo que te hizo pedazos.
Porque yo sí veía
lo que había detrás.
Las veces que te rompiste
y nadie se quedó a recoger los restos.
tus brazos,
tus piernas
tu cuerpo
tu esencia
tu piel
tus ojos verdes
Tú
no eran simples cosas.
Yo te amaba
cuando tú no podías.
Cuando te mirabas
y solo encontrabas motivos para odiarte.
Yo te amaba
en esa versión tuya
que tú mismo rechazabas.
Me quedé
viéndote destruirte,
viéndote despreciarte,
viéndote tratar
tu propio cuerpo
como si no valiera nada.
Y lo peor
es que aprendí
a amar eso también.
Me quedé ahí.
donde nadie se quedaba.
donde te era incómodo,
donde te dolía,
donde amar
para ti
no era bonito
ni fácil
ni romántico.
Y aún así…
te elegí.
Una y otra vez.
Hasta que un día
algo en ti cambió
o tal vez
siempre estuvo roto
y yo no quise verlo.
Y ahora…
ahora me da asco.
Pero no es un asco simple.
Es un asco que raspa,
que arde,
que se instala en el pecho
como un animal muerto
que nadie se atreve a sacar.
Me da asco pensar
que ese cuerpo
que yo traté
como si fuera sagrado
ahora sea tan fácil.
Tan accesible.
Tan… olvidable.
Que cualquiera
pueda tocat
sin saber
que ahí
hubo noches de guerra.
Que cualquiera
pueda tocarte
sin sentir el temblor
que precedía a tu derrumbe.
Que cualquiera
pueda besarte
sin cargar el peso
de lo que significaba
llegar a ti.
Como si fueras piel
y nada más.
Como si todo lo que fuiste
se hubiera borrado
de un día para otro.
Me da asco
la ligereza
con la que te entregas.
como si fuera la prueba
de que algo en ti
nunca estuvo bien.
Como si todo
lo que fuiste conmigo
se hubiera muerto
sin dejar rastro.
en algo fácil de consumir,
algo que no exige,
algo que no duele.
Como si nunca hubieras sido
difícil
profundo
amado
dolorosamente humano.
Y lo peor
es que tú lo permites.
Y eso me rompe
de una forma sucia,
de una forma
que no se ve por fuera
pero por dentro
lo pudre todo.
Porque yo sí te conocía.
Yo sí sabía
dónde dolía,
dónde temblabas,
dónde te quebrabas
aunque intentaras esconderlo.
Yo sí sabía
cómo sostenerte
cuando ni tú podías contigo.
Y ahora…
ahora eres un cuerpo abierto,
una historia mal contada,
una catedral sin silencio,
sin fe,
sin significado.
Y yo…
yo me quedé afuera.
Con las manos vacías,
con el amor todavía latiendo
como una enfermedad que no se cura,
con esta mezcla insoportable
de devoción y asco
que me ahoga lentamente.
Porque no es que haya dejado de amarte.
Es que ese amor
se descompuso.
Se volvió oscuro,
se volvió denso,
se volvió algo
que ya no sé nombrar
sin sentir náuseas.
Te volviste
Algo que se usa
y se olvida.
En algo que no pesa.
En algo que no duele.
Me enferma pensar
que te hice eterno en mi cabeza
mientras tú
te volviste desechable.
Me enferma saber
que yo te traté como un templo
y tú te convertiste
en un lugar de paso
Te hice sagrado.
Y tú…
tú te volviste desechable.
Eso es lo que me enferma.
No los otros.
No sus manos.
No sus bocas vacías.
Sino tú
dejando que algo
tan jodidamente profundo
tan jodidamente bello
se convierta en nada.
Quiero arrancarte de mí.
Quiero borrarte
de cada rincón
donde aún existes.
Pero sigues ahí.
En mi cabeza.
En mi cuerpo.
En esta forma rota de sentir.
Como una metástasis silenciosa
que se expande
sin pedir permiso,
sin detenerse,
sin compasión.
Porque te amaba.
Y eso no desaparece
Se queda.
Se pudre.
Se transforma
en algo irreconocible,
en algo que ya no es amor
pero tampoco es olvido.
Algo que respira,
que late,
que arde,
y que a veces…
solo a veces…
me hace mirarte en el recuerdo
donde alguna vez
te hice sagrado…
y tú elegiste
volverte nada.

Fer
Nunca aprendí a domar la nostalgia de este cuerpo adicto a tu ausencia. Rezo por tu ternura y repito tu nombre como un padre nuestro fúnebre frente al vacío.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión