Creencias confusas crean identidades volubles.
Los pensamientos nacen nublados por creer en aquello que es incorrecto;
pero, ¿quiénes son los que deciden lo que está bien o lo que está mal?
¿Quiénes crean las normas que rigen nuestra libertad?
Indagamos inocuamente bajo la superficie que cubre nuestros valores. La realidad que conocemos se encuentra postrada en tiempos pasados; aunque a veces, con cierto temor, logran hacerse cambios para mejorar estas nuestras tierras.
Cargamos con los errores pasados. Tropezamos con el mismo puñal que perfora nuestras costillas una y otra vez. Pareciese como si estuviésemos condenados a repetir nuestros errores; pero, ¿y si esa fuese la forma de retener nuestras pasiones para que otros sean los que porten las armas?
Quizás seamos piezas torcidas en un tablero de ajedrez, controlados como míseros peones al pie del cañón —y sin guerra de por medio— y utilizados como carnaza una vez más.
No hace falta azufre ni metal para encontrarse bajo un campo de batalla; nos pisotean,
machacan nuestros huesos. Nuestro corazón, hígado, pulmones, riñones. Pisotean nuestro ser al completo.
¿Y todo por qué? ¿Dinero, poder, tierras, lujos, ego?
¡Qué descabellado pensar qué lo hacen porque pueden!
Son adictos a la libertad. Esclavos adictos al poder. Corderos de navaja de cobre; un día las tornas cambiarán.
Los lacayos serán otros y los muertos, enterrados sin marfil, serán devorados por los gusanos al igual que yo; un simple nombre. Un nombre que ha cambiado el prisma.
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