Fue la primera vez que leí a Borges, y no voy a mentir: al principio estaba confundida. Su estilo es denso, intelectual, pero también profundamente hipnótico. Sentí que entraba a un lugar donde nada es del todo seguro ni el tiempo, ni la identidad, ni la realidad.
Laberintos, tigres, espejos y tiempos infinitos que aparecen como claves que se repiten y construyen un universo propio. El Aleph mismo, ese punto que contiene todos los puntos, me dejó la sensación de que Borges escribe para recordarnos que el universo es demasiado vasto para comprenderlo cómo pero no para dejar de intentarlo.
Borges me mostró que la literatura puede ser un juego de espejos, un desafío intelectual en donde sentí que cada cuento era un desafío, y al mismo tiempo una invitación a perderse en lo infinito.
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