El mundo siempre te está mirando; interactuando con vos. De él bebemos y comemos. Lo contemplamos y él nos contempla; y, más allá incluso, nos permite hacerlo sin cuestionamientos.
Las plantas son vistas por mis ojos; admiradas. Y yo no les he pedido nada, ni hablo con ellas, ni ellas me hablan. Pero hay una complicidad silenciosa:
Ambas existimos, aunque por distintos motivos. Yo la pienso a ella; la recorro con la mirada, adivino su textura sin tocarla, incluyo en aquella imagen la luz del sol que cae sutil sobre ella; la hace sentir más real. Interactúa y permite la caricia que el sol vuelca sobre ella, así como yo disfruto hacerlo muchas veces. Estamos de acuerdo: ambas adoramos al sol. Ambas tomamos y bebemos del mundo. Yo lo reflexiono, lo fragmento en variadas perspectivas, al contrario de ella. Y cuando el sol no está y siento tristeza bajo la presencia de la oscuridad, extraño la compañía de la luz. Pero la planta hace algo contrario: se tranquiliza sabiendo que, en algún momento, esa luminiscencia maternal va a volver a aparecer en el cielo, y ella se nutrirá de sus rayos.
¿Cómo me mirará esa planta que examino? ¿Qué intuirá de mí? ¿Se incomodará con mi apreciación agudizada? ¿O se sentirá vista, distinguida?
¿Será que, al mirarla, la hago existir? ¿O pensarlo de esa manera sería un enfoque un tanto egocentrista?
Y digo esto último porque no tendría derecho alguno de situarme así frente a ella, siendo que ninguna de las dos sabe el porqué de la existencia de la otra, ni nosotras el de nosotras mismas.
Yo la veo y es bellísima. Incluso estando compuesta por unas hojas más secas, otras más oscuras, otras más caídas. Parece que las circunstancias, a veces, la superan, y ha tenido que dejar que partes de ella simplemente sucumbieran ante el orden natural de sucesos —o el bien llamado destino—.
Conmueve mi sensibilidad pensar que seguramente habrá luchado para que muchas de sus hojas no se enfermaran. Y que perdió en esa batalla, y habrá perdido en muchas otras. Tiene una cantidad considerable de hojas heridas; hojas que solo el tiempo se encargará de remover, y la despojará a ella de la labor de cargar con sus partes muertas. Así y todo, nada de estas condiciones la detuvo de seguir existiendo; eso es lo que me enseñó hoy ella sin decir una sola palabra, ni gesticular ninguna intención consejera.
Fue una conversación divina, la que tuvimos aquella planta y yo, porque ninguna tuvo la intención de comunicarse y, sin embargo, en el momento ambas fuimos maravillosamente reconocidas y comprendidas bajo distintos lenguajes.
(Se cierra el telón,
se vuelve a abrir y entra el arremetimiento contra el diseño del que soy parte).
El mundo se intercomunica de las maneras más sutiles que existen.
Nada es invisible; todo está ahí.
No lo podemos ver ni oír fácilmente porque somos prisioneros del velo con el que nuestro ego nos cubre: enceguece nuestra visión sin quitar la imagen visual; ensordece nuestros oídos sin privarnos de escuchar; nos aísla del vínculo ambiental de una manera casi imperceptible. Filtra, censura, limita. Establece indiferencia y desdén contra las demás piezas del rompecabezas, como si de una jerarquía se tratara. Las percibe como si estuviesen desubicadas o no supiesen vincularse adecuadamente con el mundo. Y el egocentrismo humano nos hace creer que nosotros sí sabemos, pero la realidad es que los únicos que carecen de consciencia colectiva son esta raza invasora de la que somos parte. No existe un comportamiento adecuado de nuestra parte en este lugar, y muchos de nosotros nos hemos dado cuenta de la mierda que somos, pero dentro de ese conjunto de “personas despiertas” hay cierta autocompasión tóxica que no termina siendo más que otro condimento agregado por la mano de aquel ego destructor. Lo que creemos aportar al mundo no son más que actos autobeneficiarios que concluyen en esto que me aborrece: todo aquello que hace el ser humano para sí, y no para el mundo en razón de su unidad, no son nada más que reafirmaciones del ego humano.
Todo lo que no es el ser humano está perfectamente vinculado entre sí. Conviviendo en un lenguaje del que no somos parte, pero del cual tampoco nos hemos esforzado mucho por comprender para pertenecer.
Nosotros somos simples impostores, y todo lo que hacemos nos aleja cada vez más de poder llegar a coexistir con todo lo no humano como corresponde. Como el mundo merece ser habitado.
Me encanta estar viva, pero detesto ser parte de este diseño que tuvo la elección de ser pacífico, pero prefirió acomodarse entre los edredones del conflicto eterno por el poder. Un diseño que, con la consciencia correcta, podría haber hecho que la naturaleza quisiese comunicarse con nosotros.
La planta en mi patio, al final, terminó siendo más inteligente que toda la raza humana en conjunto.
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