Enero, en su primer lunes, me regaló cruzarte.
La ciudad hizo de escenario y el azar, una vez más, su truco. Caminábamos en direcciones opuestas, sin saludos, sin gestos, como si el tiempo nos hubiera vuelto ajenos. Fingí distracción, pero ese cruce mínimo de miradas ambos supimos lo mismo: el otro está bien. Y eso alcanzó.
Qué ironía la vida.
Quien un día fue hogar, hoy se convierte en un completo desconocido. Y aun así, mi memoria insiste en recordar cada lunar de tu cuerpo; tu amor innegociable por el helado de dulce de leche; tu devoción por la pizza con queso roquefort, aunque hacías una excepción por mi debilidad por los champiñones. Recuerdo que odiabas desayunar en tu habitación, pero algunos domingos rompías tu propia regla y me despertabas con el desayuno en la cama y tu famosísimo corazón dibujado en el café. Después venían esas películas absurdas que solo a vos te hacían reír, y yo las miraba de reojo, solo por escuchar tu rísa, ver cómo se te achinaban los ojos y cómo te sostenías el estómago de tantas carcajadas, como si ese fuera nuestro ritual de confort.
Agradezco al universo por verte. Siempre es lindo.
Pero ya no desde la complicidad, sino desde la paz de haber sido.
-SA.
venusenescopio
Bienveni@ a mi espacio, donde las palabras se vuelven mi refugio, mis preguntas y mi verdad. Escribo para entender y transformar mi sentir. ¡Gracias por estar acá!
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