La última esperanza se desvanece junto al sol, día tras día. Sola con mis pensamientos, sola
encerrada, sola por elección. Porque no quería creer en cuentos de hadas, y no lo hice hasta que uno
me tomó por sorpresa y me hizo su presa.
Hacía un mes, no, ¿dos meses? Ya estoy perdiendo la conciencia. No sé cuánto más duraré
cuerda. Solo sé que hace un tiempo relativamente corto que me dejó la flor conmemorativa posada
en mi mano. Está ahí, solo se bambolea con el viento, no se mueve, no me habla ni le hablo, la
observo porque estorba en mi panorama y no puedo quitar la vista de sus bellos pétalos amarillos.
Él me dijo que yo era como la flor, alegre e inteligente pues eso representa ese color. Si hubiese sido
inteligente como él decía que yo era quizás no habría caído en sus mentiras, pues engullí cada una
de sus palabras como verdades. Ese es el problema de las palabras, pronunciadas por la persona
correcta llegan a ser letales o, en este caso, llegan a ser petrificantes.
El sol me enceguece pero soy incapaz de correr la vista, casi destinada a quemarme los ojos
cada mañana, destinada a pasar la eternidad encerrada en un cuerpo inmóvil, destinada a la
incertidumbre continua, todo por una maldita elección. Al lado mio está ¿Arm? ¿Así le puse? Ya no
recuerdo mucho en verdad, él aparece en mi visión periférica. Arm está reclinado hacia la derecha,
el único brazo que le queda apunta hacia adelante, como queriendo alcanzar algo, probablemente
nunca logró llegar a la puerta. En diagonal a la derecha está Beatriz, recuerdo su nombre porque me
esforcé en no olvidarlo, hay pocas cosas que recuerdo después de cinco años, y una de ellas es su
nombre. Su posición fija es recostada en el suelo con las piernas formando un cuatro y los brazos
que reposan finamente contra el césped. Hasta las figuras tienen gracilidad en sus formas. Aunque
claro, no siempre fue una figura estática.
Pasa el tiempo y la oscuridad regresa; veo al siniestro Alexander hacer su recorrido habitual.
Me repugna verlo, sus ojos oscuros como la noche, su piel blanca como el papel y sus mentiras
gigantes como el sol. Tendría que haber seguido mi intuición.
Sé la razón por la que está afuera, después de todo de esa manera me encontró. Su soledad le
obliga a buscar personas y engatusarlas, pues diciendo la verdad la gente se espanta. Así como todos
nos espantamos al enterarnos; pero ya era demasiado tarde para arrepentirse, para huir o regresar el
tiempo atrás.
Aún sin recordar exactamente cómo llegué allí supe que fui engañada. Al no ser una persona
sociable y al encontrarme en una ciudad desconocida quise hacer amigos por donde me fuera
posible, ¿o no? Supongo que hasta me habría hecho amiga de la mafia de encontrarme desesperada.
La soledad trae desesperación, y esta se convierte en avaricia, queremos cuanto podamos poseer,
personas y objetos, quizás yo no era tan distinta de la figura que aborrecía día y noche.
Solo podía concentrarme en su nombre y en la última noche que pasé con él. Si bien mis
recuerdos ahora son confusos, jamás olvidaré aquel día que le conocí. La impresión que me dio no
tenía nada que ver con la verdad que ocultaba, dicen por ahí que las apariencias engañan y tienen
razón. Lo conocí casualmente en la calle, aunque quizás todo estaba meticulosamente planeado para
que sucediera de esa manera. Su rostro magnífico parecía esculpido por los ángeles, su bondad y
gentileza hicieron que mi corazón se ablandara y mis defensas bajaran. Todo indicaba que él era la
persona que buscaba, un compañero fiel y amable que se mantuviera a mi lado, en quien podía
confiar ciegamente. Pero su bondad y amistad tienen un precio y uno elevado, tuve que dejar hasta
mi alma para pagarle, y aún sigo en deuda.
Ese día me preparé bien antes de ir. No. No, no. Fui como estaba después de salir de la
universidad. No lo recuerdo con exactitud, mi cabeza es una embrollo de pensamientos y sueños.
Solo sé que el corazón me retumbaba en el pecho, casi queriendo salirse de él. Llegué a la mansión
Smirnov y no reparé en ellas, estaba tan ciega que no las vi, no quise verlas. Mis expectativa de lo
que pasaría eran altas pero al entrar mi instinto me advirtió que tenía que salir corriendo lo antes
posible. Tendría que haberme hecho caso y huir cuando tuve la oportunidad. No lo hice, el horror
me dejó anclada al suelo, las estatuas parecían cobrar la vida que alguna vez tuvieron. No pude
salir, ni gritar, ni siquiera reaccionar. Los recuerdos son confusos y todo ese día parece un sueño,
salvo que no lo es porque mi estado actual lo demuestra.
En el momento en que me mostró su pasatiempo entendí porque la curiosidad mató al gato.
Alexander es un alma solitaria, las personas no lo entienden y la única manera que encontró para
hacer amigos es… es… ¿qué me está pasando? No recuerdo lo que digo, ni lo que pienso o siquiera
cómo me siento.
Mi pose refleja lo último que hice antes de que él me condenara a pasar mis años atrapada en
este cuerpo inerte que no siente, no piensa, no vive. Mi mano sostiene la flor, aunque antes de todo
trataba de alejarlo a él; mi expresión es de sorpresa y mi cuerpo de pie apuntaba hacia él, queriendo
respuestas y lo único que obtuve fue un engaño y mi sentencia. Destinada a ser una piedra para
siempre, en la misma posición hace cinco años, soy una esclava de sus deseos y su amarilla flor
reposa en mis dedos. Mi piel de piedra blanca brilla con la salida del sol, justo cuando Alexander
trae otra presa y solo puedo pensar en lo que sufrirá esa persona, pues se convertirá en una estatua
eterna.
La casa no está en silencio, los murmullos se convierten en risas, luego en gritos ahogados y
por fin silencio. Es la secuencia de la sentencia. Su suave letanía comenzó a correr sin mesura, su
voz audaz y apaciguada recorrió cada salón hasta llegar al jardín delantero, por mis oídos llegó el
sonido de su voz y recé por la pobre alma que quedó atrapada en manos de la sevicia pura.
Tarda un rato en salir al jardín, al hacerlo sus pisadas retumban en la tierra con ritmo, en sus
manos carga a su nuevo trofeo o como él nos dice: amigo. La pose del chico es terrorífica, los ojos
desorbitados, la postura aterrada, las lágrimas marcándole cada facción. Nadie resiste la verdad de
Alexander.
-Saluden a nuestro nuevo amigo, se llama Serguei- nos miró uno a uno y sonrió- hoy
festejaremos por nuestro nuevo amigo. ¡Prepárense! La fiesta comienza al atardecer.
Se acerca hasta mi. Si pudiera escupirle en la cara lo haría con mucho orgullo y valentía, él
lo presiente.
-Acostúmbrate, este es tu infierno personal, lo construiste al rechazarme, florcita.
Se alejó dando grandes zancadas. Serguei está inquieto, lo presiento en la vibración del
suelo. Cuando recién somos convertidos queda un breve lapso en el que podemos emitir sonidos,
son leves pero audibles cuando la calma reina en el exterior.
Hoy es ¿qué? El nombre escapa de mi consciencia, aunque sé que se trata de esa festividad
en la que las personas se disfrazan y salen a ¿recorrer calles? Quizás ese sea el fin, mostrarse como
los monstruos que son, porque no todas las personas son buenas e inocentes, Alexander es la prueba
de ello. Él sale a decorar la entrada, nos acomoda en distintas posiciones del jardín, nos pone
sombreros de punta y guirnaldas para aparecer más adorables y que nuestras expresiones de terror
pasen desapercibidas, aleja las luces de nuestros rostros y deja caminos de caramelos como
invitación a su mansión. Me dejó ubicada cerca de un matorral lejos del camino de entrada, desde
este ángulo veo la inscripción de pintura roja sobre su puerta: “¿te atreves a entrar en la oscuridad?”
De a poco las personas comienzan a llegar entusiasmadas, miran el cartel y se ríen entre
ellas, algunos susurran que le tienen miedo a las tinieblas, pero lo que esas personas no saben es que
no deben temerle a la oscuridad, sino a quien habita en ella
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