Acomoda el celular en el agujerito del torpedo, dirigiendo su mano decididamente a errarle, y sin embargo, a último momento y sin mirar, corrige la trayectoria. En automático, desde el sentimiento, con la seguridad de quien se sabe el circuito de memoria y cómo adaptarse a la lluvia. Con cada urgencia, también las internas, las del alma que difícilmente pueda poner en palabras.
Me arrancó del sillón clavándome la mano en el pecho, agarrando con rabia sin saber si estiraba la tela o la piel. Sin explicación, directo a la puerta, luego al auto. Seguir a Agustina sin preguntar nada ya es rito.
Moretones de inercia, agarres imposibles, de aquellos que los testers e ingenieros nunca imaginaron, y que a su vez realzan la fidelidad de los Honda de los 90 por encima de cualquier mierda moderna. Como si antes de su nacimiento la hubiesen presentido. Pegada al suelo, digna de Buenos Aires, chasis a la altura acorde que contrasta con piernas y botas incluso más altas. El mismo y preciso manejo.
Qué pensará el barro en las montañas de Gales al verla aterrizar, si en el rabillo del ojo pudiera contemplarla pintarse la boca de rojo, mientras se parte al medio entre el espejito del parasol y la línea punteada de la autopista.
Lo único brusco es el freno.
De mano, violento desanclaje del cinturón y cachetada que deja mudo al espejo.
Sale corriendo, puerta abierta, desesperada, ruido de alarma que avisa el contacto. Sistema de emergencia que prende las luces en todo rincón de la cabina. Probablemente para iluminar el encuadre de Agustina ingresando dos minutos antes del cierre de una heladería a medianoche.
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