A veces,
por la noche,
tu imagen —recuerdo desdibujado—
reaparece en el páramo de mis sueños.
Y mientras me balanceo entre el gentil abrazo de estos recuerdos
y la sucia tristeza que envuelve estas pesadillas,
me vienen a la cabeza un montón de preguntas:
Dijiste que nunca te olvidarías, pero ¿te acuerdas alguna vez?
¿Lloras de madrugada, sin motivo aparente,
cuando vuelve mi imagen a tu cabeza,
como un hijo pródigo de relato bíblico?
¿Te acuerdas de recorrer los cálidos caminos de vuelta a casa?
¿Los recuerdas caminados junto a mí?
¿Te asustas cuando hueles mi colonia en un desconocido,
o te giras para comprobar que no soy yo?
¿Sientes una mezcla entre tranquilidad y pena, inexplicable,
cuando el extraño resulta ser,
tal y como era obvio,
otro extraño más?
¿Visitas mis mensajes como si fueran fotos?
¿Miras nuestras fotos como leyendo mensajes?
¿Guardas mis regalos, y mis cartas, y mis poemas?
¿Tú también me echas de menos?
Y entre tanto sueño y tantas preguntas,
me echo a dormir.
Yo también me olvido.
Yo también me acuerdo.
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