Victoria.
De la quejumbre, de la previa noche, de la deshora de fin de semana donde por fin se cae rendida. Y ahí está, balbuceando su idioma, llenando de baba su propio pelo mientras busca algún recurso con el que enfrentar la gravedad. Que por algún extraño motivo, hoy parece más presente. Yo miro reposando en la ventana, queriendo ir a levantarla a la vez que compite en mi cabeza la innecesidad. Entonces la observo, vuelvo a prender un cigarro, vuelvo a dejar un fósforo negro en el marco de la ventana.
Después de incontables palomas en el árbol de enfrente Sofía se apoya en mi espalda. Se acomoda en mi hombro derecho, parece perpetuarse en el mismo estado aunque se encuentre al fin de pie.
Agarra el fósforo, dibuja un pájaro en mi piel, lo huele, lo deja acomodado en el mismo lugar.
Beccar.
Veintitrés postales de la casa de Beccar. Las miro asombrado, mirando de reojo a Sofía. Por un instante dudo de su veracidad. Un rollo fotográfico aún sin revelar me mira desde la mesa.
Veintitrés fotos de piezas deshabitadas, de plantas decoloridas y desbocadas. También de una santa rita excepcional que por el hecho de buscar al sol se escapaba al patio de la vecina.
Nunca vi a Sofía sacar las fotos, siempre la vi con la gata. Crema se llama. Era la gata de la misma vecina que se quejaba por la santa rita.
En algún momento las oí hablar íntimamente. Sofía le contaba todo lo que sucedió en este patio, en esta parrilla, en este hogar. Y sin embargo el pequeño animal no se hacía problema, serpenteaba entre sus piernas, se escondía en su pollera.
-¿Ves ese toldo? -le susurraba- Ahora está lleno de agua porque no está el viejo para secarlo, llovió ayer. Y más allá de que él sabía que no había lluvia que pudiese tirarlo, apenas salía el primer sol venía y lo secaba. Tironeaba del grueso cordón, con la escoba le daba de abajo, varias veces se le caía encima pero era parte del juego.
El barrio sin la vieja barriendo la vereda había perdido carácter. También algo de seguridad, de vigilia, de perspicacia. Ya nadie caminaría con esa sensación de que lo estaban mirando incluso adentro del baño. ¿Cuántas veces se puede barrer una vereda en el día, vieja? Dejate de joder. Y sin embargo lo extraña. Sospecho que en los periodos donde el mundo me hace muecas por la espalda Sofía sacaba otra foto, la vieja ensuciaba la vereda, la gata maullaba un poco.
-¿Entonces vienen a verla? Preguntó Sofía torciendo un poco los pies, como formando una punta de flecha con sus zapatos. - El lunes. - le comenté mientras prendía de nuevo un cigarro. Mientras me encontraba nuevamente en una ventana, mientras miraba el mismo fósforo negro que iba dibujando -él solo- al compás del ruido que hacía la cámara.
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