(...)
Es como un salto a portales. Portales. Son muchos los portales que tengo en la mente. Yo paseo siempre, veo, acaricio la perilla, tanteo, abro como de reojo y otras solo me quedo viendo la puerta cerrada, aún, cuando no la abro. Otras veces la abro y me quedo allí parada. A veces abro y no veo, solo escucho. Otras veces abro y me adentro. Me puedo quedar un rato, o salgo de inmediato, por eso tengo escalofríos repentinos, porque mi mente se va a alguna parte donde mi cuerpo no está. Cuando entro y me quedo, a veces me gusta, otras veces no, a pesar de que me quede. Es una nostalgia adictiva. No vivo de ello, tampoco muero de ello. Simplemente existe, y cuando se percibe con mayor luminosidad, entonces abro y entro. No sé si alguna vez me he perdido, yo creo que no y espero que no. Esto se basa en un sí, en un no, en a veces y creo. En las memorias todavía tengo indecisiones, incluso antes de ellas. Claro, antes, porque las puertas no existen por sí solas, se tallan a la lentitud con el que guardo el momento. O a la rapidez –ahí va de nuevo: sí, no, a veces–. Me gusta más cuando pinto las memorias, cuando puedo memorizar cada fragmento de cada segundo pasado. Me llena, genera plenitud a este pecho, pequeño pero hondo. Me hace sonreír. Otras veces me hace llorar. Como ahora, como hace unos segundos, como hace unos días, como hace unas semanas, como hace unos meses, y como hace unos días después cuando yo recuerde este párrafo entre tantas puertas.
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