Qué ilusa soy!
No pensé que ibas a volver.
No quería.
Temo por tu regreso.
Venís sin previo aviso,
y yo soy una persona
que necesita anticiparse.
Pero entrás igual, como siempre,
cruzando el umbral
sin pedir permiso,
sin considerar que a veces
me agarrás vulnerable.
Llegás dando pasos silenciosos
que no escuché, pero sentí.
No golpeás, no irrumpís,
no exigís.
Solo aparecés,
te quedás parada en la puerta,
mirándome a los ojos mientras veo pasar
toda mi vida.
Te reconozco al instante.
Te parecés a la luz de la tarde,
esa que entra inclinada
y hace brillar el polvo del aire
como si todo fuera un recuerdo suspendido.
Intento ignorarte,
seguir con lo mío,
hacerme fuerte,
pero tu presencia es suave
y se desliza por las grietas
que guardo en el pecho.
Cuando te dejo pasar
y me siento con vos
como quien se sienta
con una vieja amiga,
empezás a desparramar sobre la mesa
pedacitos de mi vida:
todo eso que nunca pude olvidar.
Y mientras revolvemos juntas
lo que me duele y lo que amo,
me decís despacio,
casi como un secreto:
“no vine a lastimarte, vine a recordarte que viviste cosas hermosas.”
Entonces te miro,
quizás con un poco de bronca,
quizás con agradecimiento,
porque cada recuerdo que traés
me desarma.
De alguna manera sos la prueba de cuán grande es mi capacidad de amar.
Quizás sea este el precio a pagar.
Nostalgia.
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