Hay pensamientos que se cuelan en medio de la rutina como un susurro que nadie más escucha. Aparecen en los silencios, en las canciones que no busco pero que llegan, en los olores que me recuerdan algo que no viví del todo.
Él es uno de esos pensamientos.
A veces me descubro preguntándome:
¿Por qué sigo pensando en lo que pudo haber sido?
Y no es que quiera regresar, no es que quiera revivir. Pero algo en mí se quedó en pausa, como una escena sin despedida. Como si el corazón hubiera esperado una línea más, un gesto, un final digno, y en su ausencia, se inventó uno o varios.
Pensar en lo que pudo haber sido es un acto de nostalgia disfrazado de reflexión. Es la manera que tiene mi alma de repasar los caminos no andados, los besos no dados, las promesas que nunca se dijeron en voz alta pero que flotaron en el aire. Pensar en lo que pudo haber sido es en el fondo una forma de cuidar ese recuerdo sin herirlo.
Porque la conexión fue real, porque hubo un instante —o varios— en los que el mundo se detuvo solo para que nuestros ojos se encontraran. Y aunque el tiempo hizo su trabajo y nos llevó por rutas distintas, algo de ese cruce quedó suspendido en mi memoria como una fotografía sin marco.
No se trata solo de él. Se trata de mí, de la versión de mí que floreció en su presencia, de la ternura que despertó en mi su voz, de la risa fácil, de las conversaciones que abrían puertas a lugares nuevos dentro de mí. Y, tal vez, de la posibilidad de amar sin miedo, que por un momento creí alcanzar.
Pienso en lo que pudo haber sido porque mi corazón aún está aprendiendo a cerrar ciclos sin resentimiento. Porque a veces el duelo no viene con lágrimas, sino con pensamientos recurrentes. Y porque esa historia, aunque breve o inconclusa, fue importante.
Me mostró qué quiero. Qué no quiero. Y, sobre todo, lo que merezco.
Con el tiempo entendí que no extraño a la persona, sino la idea. La versión idealizada de un "nosotros" que nunca existió del todo. Y está bien, idealizar es humano. Pero regresar a la realidad también es un acto de amor propio.
Pensar en lo que pudo haber sido es parte del proceso de sanar.
Es mirar atrás no para quedarme, sino para recoger las piezas que me pertenecen: mis sueños, mis gestos, mis anhelos. Y traerlos de vuelta a mí.
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