Nueve horas —y a veces más— de trabajo que se repiten cinco días a la semana suman un total de cuarenta y cinco horas. No es matemática: son las horas del día que se me van trabajando. Son cuarenta y cinco horas semanales en las que me pregunto todo el tiempo:
¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué se me va la vida de esta manera?
¿De qué se trata vivir? ¿De trabajar una cantidad absurda de horas que no me permite disponer de mi propio tiempo? Porque cuando termino la jornada ya no tengo energía para leer, escribir, mirar una película o simplemente responder mensajes. Y muchas veces tengo que elegir entre todo eso y fragmentarlo. No soy dueña de mi tiempo, porque se lo entrego a algo más. Y si la vida es tiempo, entonces ¿no soy dueña de mi propia vida?
Estoy cansada de pasar tantas horas de mi vida sentada frente a un monitor, pensando no tanto en lo que gano como en lo que pierdo: vitalidad, sobre todo. Porque además me he convertido en una casi treintañera sedentaria, con dolores musculares, calambres y, tal vez, dentro de poco, pelada.
¿Debo aceptar esta vida como una condena sin rejas?
¿O existe otro camino al que pueda escapar?
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Iv
Si paso por acá es para declarar mis eternas bitácoras: de mi mente, mi rutina, mi vida. Dejar un… ¿Registro? Veremos qué sale.
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