No.
No escribo para decir algo.
Escribo porque hay pensamientos que se niegan a morir en silencio. Permanecen suspendidos detrás de la conciencia como animales heridos, arañando las paredes de mi mente hasta obligarme a abrir una grieta por donde puedan escapar. La tinta no es un refugio; es una hemorragia lenta. Cada palabra que dejo sobre el papel es una pequeña renuncia a seguir cargándolas dentro de mí.
Nunca he perseguido la belleza de una frase. Desconfío de las palabras que nacen demasiado limpias. Prefiero aquellas que conservan el temblor de haber sido arrancadas del fondo de alguien. Las que todavía llevan adherido el barro del miedo, el polvo del insomnio o el olor de una herida que se resiste a cerrar. Ésas son las únicas capaces de decir algo verdadero.
Y quizá mi mayor condena sea no conformarme con nombrar las cosas. Quiero atravesarlas. Descubrir qué permanece respirando debajo de cada concepto, debajo de cada recuerdo, debajo incluso del silencio. Porque el silencio también tiene lenguaje; sólo exige una paciencia que casi nadie está dispuesto a soportar.
Yo, en cambio, llevo años escuchándolo como quien espera una confesión.
Pero, si alguna vez logro escribir una línea digna de permanecer, no será porque haya aprendido a dominar el idioma, sino porque, por un instante, el idioma habrá decidido apiadarse de mí.
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