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Y sin embargo no se da cuenta de que todas son formas tenues de abandonarlo. Ella se encanta dejando caer el juguete que tiene agarrado de su anular. El aparato se estremece y se esfuerza para volver a su mano, como si hubiese algún destino posible. Él la contempla, se imagina fascinado, contagiándose un poco de la escena, se vuelve partícipe poco a poco. No intenta frenarla, no la halaga, solo la ve recorrer el living pensando en dónde lo puede dejar. Qué ridículo el esclavo que ruega volver a su mano, porque caer y partirse en el piso, o quedar olvidado entre el polvo del mueble no son mejores consuelos. Quiere dormir, quiere bambolearse en la cartera sin saber el destino, cede el sol, su utilidad. Entonces se atraganta con la saliva y la convoca. Imagina que se le enredó el hilo en el cuello, se rasca, no tiene nada.

De lado, en la palma, atrapado entre el pulgar y el índice. Todas prisiones. Todo someter. Cómo partirle el corazón a algo que no lo tiene.

La lluvia la envuelve, aunque no la moja, pero el vidrio no la separa lo suficiente. Y en algún punto se siente parte. Mira a través de las plantas y ve un caracol, dibuja en la ventana una casita algo más grande que la que carga en su espalda. Luego la rosa, despetalada como le gusta acotar. Él se para y se le acerca con cautela, midiendo hasta qué punto ella deja caer un comentario: es al pedo lo de ser rosa, mirá el sauce qué belleza. Él se frena, sabe que hasta ahí puede llegar. Luego de unos treinta o cuarenta segundos la ve acercarse con un cigarrillo en la mano, estira su mano y le palpa los bolsillos del pantalón. Pecho con pecho, su pelo rozando la mejilla, su aliento caliente, sus ojos que miran algo detrás.

Después de no encontrar nada se va directo a la cocina. Tres, dos, uno... Suena el chispero de la hornalla.

PibedeVictoria

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