El espíritu que piensa que la poesía y la escritura ha de ser meramente organizada, estética y con ética de rubro, será guiado por la escritura misma hacia el incomprensible, precipitado y desconocido arte de la soledad, que poco a poco lo volverá mendigo de un sueño, sin tierra de cosecha pero fructífero de caer ante la ternura de lo infértil.
¿Qué sería del poeta que no se encontrara tocado por la poesía del desasociego, la rebeldía, la angustia e incansable desdén del pánico?
Cada vez que la gustosa creatividad llene los capítulos del poeta pensador; que le invada el incandescente testigo, estilo de violencia, más mundano y sucio, lleno de una capacidad conmovedora por el misterioso dolor y la llamada suavidad.
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