jamás me he sentido querida. no del todo. he estado cerca, lo puedo asegurar; en más de una ocasión, mis yemas han rozado el dobladillo del amor. mas no lo he experimentado en su forma más pura: tan devota y completa; ese que no espera nada, que solo da. ofrece sin reservas.
pero no ha sido un impedimento para continuar imaginándome orlada de amor. ceñida en la seguridad de un vínculo en el que me han escogido por ser quien soy; que le sea gratificante verme, que hablarme–escuchar de mi día y lo descubierto en éste–sea un ratito importante, ser la razón por la que alguna sonrisa se cuele en sus comisuras cuando piense en mí: en mi boquita, en mis ojitos, en mi piel, todo lo que pueda ser consagrado en su alma.
y como jamás he sido querida, reconozco lo vulnerable y susceptible que soy a las muestras de afecto. me vuelvo dependiente. confundo ternura con promesa. atención con hogar. incapaz de diferenciar entre un rato de la eternidad. pues nunca he tenido nada que no estuviera limitado y amenazado. todo se torna especial, de vida o muerte; no he sabido de querer en tranquilidad, aspirar a un amor que no duela. todo lo contrario: resisto, espero y sostengo.
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