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Antes que alguien dijera "esto es música", ya existía el latido primigenio del sonido.

El cuerpo fue el primer instrumento, los humanos golpeaban sus pechos, sus piernas, imitaban al viento y el sonido de la naturaleza y dejaban que el eco de sus voces hablaran por ellos.

Con tambores primitivos y flautas talladas en hueso, construyeron un puente sagrado entre lo terrenal y lo divino.

Me gusta imaginarme cómo esa gente conectaba con la música sin imaginar cómo miles de años después entraría en el bolsillo del pantalón.

Al florecer las primeras civilizaciones (Egipto, Mesopotamia, Grecia & Roma), la música se volvió un lenguaje "ordenado": Pitágoras descubrió la relación matemática entre las notas.

En tiempo de filosofía pura y cruda, Platón y Aristóteles discutían sobre qué tenían que oír los jóvenes, porque creían que la música "moldeaba" el carácter.

En China y la India, la música también emergía como medicina y meditación.

Y desde allí, pura evolución: "polifonía", perfeccionamiento de instrumentos, notación moderna. Bach, Vivaldi, Mozart, Bethoven, Chopin.

En el Siglo XX el Jazz fusionando África y América. El Rock alimentándose del Blues para "incendiar" el planeta.

La electrónica, abriendo universos épicos. El Rap, el Hip Hop. El Pop (el lenguaje universal).

Más adelante, la ciencia se iba a meter a investigar este fenómeno y nos iba a dar razones mucho más concretas para incluír melodías a nuestra vida.

Cuando uno escucha música, se activan:

La Corteza Auditiva: procesa los sonidos, (aunque algunos deberían cambiarle los filtros de vez en cuando).

La Corteza Motora: cuando "el cuerpo baila solo", (aunque a algunos nos haga falta un poco de WD-40).

El Sistema Límbico: las emociones (gracias a dios tenemos "playlists" para ordenarlas, imaginate llorar con "the final countdown")

El Cerebelo: coordinación y ritmo (a mi no se me configuró esa parte).

El Hipocampo: asocia la música con recuerdos (el más poético).

Está comprobado científicamente que escuchar música puede disminuír la presión arterial y el ritmo cardíaco. Que la música lenta y en compases regulares (como 60 bpm) sincroniza la respiración. Y que algunas canciones pueden reducir el "cortisol", la hormona del estrés.

Personas con Alzheimer muchas veces no recuerdan ni su nombre, pero sí letras de canciones específicas. Y hasta los bebés de muy pocos meses de vida pueden reaccionar a ciertas melodías de manera esperada, como recordando haberlas escuchado cuando todavía estaban en la panza.

Cuando escuchas la que te gusta, liberás DOPAMINA, el neurotransmisor asociado al placer, la recompensa y la motivación. La misma que se libera con el sexo, la comida y el amor.

ESTUDIOS CON RESONANCIA MAGNÉTICA MUESTRAN PICOS DE DOPAMINA JUSTO ANTES DEL "MOMENTO CUMBRE" DE UNA CANCIÓN; ese escalofrío que no es pavada, es un fenómeno neurológico real.

Lo llaman "frisson" (si, a mi me suena a pan de molde francés).

Son esas canciones que se vuelven códigos internos, que marcan un amor, un duelo, una etapa. Y otras tienen más resonancia que otras. Algunas marcan historia, permanecen a través de los años, de las generaciones, del tiempo.

Si alguien me preguntara hoy mismo o dentro de 40 años qué es la eternidad, yo contestaría, sin dudar: "Bohemian Rapsody".

Y lo más loco de todo, que hoy en 2025, con las diferentes "inteligencias artificiales" que existen, se pueden imitar voces, hacer acordes sin instrumentos y sacar un disco ultra-merga-archi-pro-remasterizado de algún cantante muerto hace más de 20 años.

Pero todavía están ellos: la resistencia, los enemigos de la Skynet, los que siguen haciendo música de verdad.

Las banditas nuevas, los que toman clase de canto, los independientes a quienes los escuchan los familiares nada más, tal vez. A todos ellos: GRACIAS y SIGAN.

Gracias por no olvidarse que esto empezó en una cueva, con un golpe seco contra una piedra, y que todavía, miles de años después, la música sigue siendo la forma más pura de decir "estoy acá".

Porque podrías pensar que ya "está todo inventado", pero con ese criterio yo tampoco escribiría.

Melina Marcos

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